martes, 4 de diciembre de 2012

La población, a la hora del censo: la población mundial / 1



La población, a la hora del censo: la población mundial / 1
ISABEL AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 28 JUL 1981

La presentación de las primeras cifras del censo, relativas a la provincia de Madrid (véase EL PAIS del 14 de julio) ha inaugurado un período informativo sobre la población española.El Real Decreto 2.810/1980, de 14 de noviembre, ordena que el censo de población en España se efectúe con referencia al 1 de marzo de 1981. Se trata del noveno censo del siglo y su novedad consiste en que por primera vez, desde 1900 la fecha de referencia se trasladó del clásico 3 1 de diciembre. Con esta ocasión. se inicia hoy en nuestras columnas una serie de artículos sobre las poblaciones mundial y española.
Al, principio de nuestra era, la población del mundo debía oscilar entre 150 y trescientos millones de habitantes. Hay que esperar al siglo XVII para ver doblarse el efectivo; un siglo y medio después se había. doblado de nuevo. A partir de la última mitad del siglo XIX comienza la gran expansión demográfica: entre 1900 y 1960 la población mundial vuelve a doblarse, llegando a los 3.000 millones de habitantes. Según las últimas estimaciones de la ONU, al final de 1980 la humanidad contaba con 4.415 millones de miembros, de los cuáles 3.284 millones habitaban en países menos desarrollados. A la vista de las proyecciones de dicha organización, en los últimos cuarenta años del siglo actual la humanidad volverá a duplicar sus, efectivos, superando en el año 2000 los 6.000 millones de habitantes.
Se vive actualmente en una época histórica única respecto a la multiplicación de la especie humana; por primera vez, se tiene la sensación de que el propio desarrollo cuantitativo de esa especie llamada «hombre» puede ser un peligro para su propia supervivencia.
Al iniciarse la presente década, los parámetros básicos que marcan la evolución inmediata de la población eran los que recoge el cuadro I; sin embargo, se registra una clara desaceleración de las tasas de crecimiento mundiales. La población del mundo acaba de pasar por el cuarto de siglo de más rápido crecimiento de su. historia y parece adentrarse en una nueva fase de disminución constante en su fecundidad. Es preciso tener en cuenta que tasas de incremento decrecientes pueden dar lugar a crecimientos absolutos en aumento. De hecho, y según las previsiones citadas, en los veinte últimos años de este siglo la población mundial aumentará en 2.000 millones de habitantes.

Una dicotomía radical.
Se está ante una desaceleración de la tasa global de crecimiento de la población mundial cuyo punto de inflexión cabe situar en los años sesenta. ¿A qué se debe esta desaceleración en el ritmo de crecimiento de la población del mundo? Intentando responder a esta pregunta hay que ir más allá de los parámetros medios aplicados a una «población mundial» más o menos mítica, para identificar y situar en escena dos tipos de poblaciones con una estructura por edades y una dinámica-totalmente diferentes: las de los países menos desarrollados y las de los países desarrollados.
La proporción de personas menores de quince años en los países menos desarrollados supera el 40%; es decir, son poblaciones muy jóvenes, mientras que la proporción de personas mayores de 65 años no llega al 4%. El potencial de expansión que dicha estructura entraña se traduce en esa tasa de crecimiento anual del 2,2%, superior a la media mundial, del 1,8%.
Tales proporciones sobre el total son del 25% para los menores de quince años, y demás del 1 0%,para los mayores de 65 años, en las poblaciones de los países desarrollados; es decir, son poblaciones envejecidas, cuyo potencial de crecimiento implica una tasa anual inferior al 0,7%, muy por debajo de la media mundial citada (1,8%).
A grandes rasgos, se da una dicotomía radical entre esos dos bloques de población que ocupan la escena mundial, y que son diferentes por su magnitud e importancia relativas (75% y 25%, respectivamente, en la actualidad), diferentes por su estructura (poblaciones jóvenes en los países menos desarrollados, poblaciones envejecidas en los desarrollados) y, sobre todo, por su dinamismo y su potencial de expansión, sometidos, en una palabra, a dos regímenes demográficos totalmente diferentes.

Como resultado de estos ritmos demográficos tan distanciados, el peso de la población de los países menos desarrollados, que era del 67% a mitad del siglo, se prevé que alcance el 80% en el año 2.000; correlativamente, el de los países desarrollados disminuirá desde el 33% al 20% durante el mismo período.

Cambio en la distribución por continentes
Al mismo tiempo, el cambio en la distribución por continentes hará aumentar el peso de la población de Asia en el total mundial; del 55%, en 1950, al 58%, al final del siglo, mientras la vieja Europa disminuirá su importancia en la población mundial: desde el 16%, a mitad de siglo, al 11 %, en la actualidad, y al 8%, en el año 2000.
Pese a ese crecimiento absoluto, en las áreas menos desarrollada,-. se percibe una clara caída en sus tasas de crecimiento. Ahora bien, los países menos desarrollados no constituyen un espacio demográfico homogéneo, de tal manera que al identificar los países que están incidiendo en la desaceleración del crecimiento de la población mundial en curso, se observa que en más del 60% de estos países menos desarrollados la fecundidad sería todavía superior a la de los países occidentales antes de su transición demográfica. Así, pues, la ralentización del crecimiento demográfico mundial sería imputable principalmente a los países de mayor población, entre los cuales. el peso de China es considerable, junto al de otros grandes países como Brasil y la India.
Por su parte, en los países desarrollados, la tasa de crecimiento ha disminuido en un 441% desde la primera mitad de los sesenta a finales de los setenta (siete veces más que en el resto del mundo), como resultado también de la caída de la fecundidad.
La disminución de la fecundidad se inició prácticamente, en todos los países occidentales en 1964, y se ha acelerado desde el principio de los años setenta. Como consecuencia, la renovación de la población (que en las condiciones de mortalidad de estos países exige un promedio de 2,1 hijos por mujer) ya no resulta asegurada en la mitad de los países industriales., Incluso la población disminuye en varios países de Europa. Esta caída profunda de la fecundidad en los países desarrollados es el otro gran factor de novedad en el panorama demográfico actual del mundo. Sin duda. los países desarrollados han entrado en un nuevo régimen demográfico cuya característica primordial sería el control casi perfecto de la fecundidad por la pareja.

Crecimiento desigual
Se está, por lo dicho, ante una población mundial, creciendo cada vez más rápidamente en valor absoluto, pese a sus decrecientes tasas de incremento. En términos comparativos, este crecimiento es profundamente desigual-, mientras que un cierto número de países industriales (las dos Alemanias y Suecia serían los más llamativos) registran un crecimiento natural negativo -e índices de envejecimiento extra ordinariamente altos-, el conjunto de los países menos desarrollados muestran un cambio cualitativo a la baja. El peso demográfico de lo que hoy se denomina occidente tenderá inexorablemente a ser menos en términos relativos, con una población crecientemente debilitada en lo que a la edad se refiere. No es de extrañar, por tanto, que vuelvan a sonar voces en Europa a propósito del problema demográfico.

Isabel Agüero es estadística facultativa y Jefa de sección de Previsiones Demográficas del INE; Joaquín Leguina es doctor en Ciencias Económicas y Demografía, y Alberto Olano es economista especializado en Hacienda Pública y Demografía. Diego Ramos efectuó el proceso de datos


La población, a la hora del censo: la población española/2
ISABEL AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 29 JUL 1981
La población española actual supera, según las estimaciones más fundadas, los 37,5 millones de habitantes -la proyección más reciente (*), bajo la hipótesis de saldo migratorio nulo para los dos últimos años, cifra ya en 37.412.000 el número de españoles al comienzo de 1981-. La aportación del último censo, confirmando o rectificando esta estimación, resulta insoslayable.Durante el período 1961-1980 la población española se incrementó en 6,5 millones de personas; este crecimiento representa en cifras relativas un 21 % de la población inicial.
La dinámica poblacional de los últimos veinte años en España se ha caracterizado por una tasa bruta de mortalidad en torno a 8,5 fallecidos por mil habitantes; la tasa bruta de natalidad y, paralelamente, la de crecimiento natural no han dejado de descender en el período, perdiendo la primera más de cinco puntos por mil desde su cota más alta, en 1964; en cuanto a la tasa de. crecimiento poblacional por mil habitantes, ha seguido una evolución oscilante, reflejando estrechamente las fluctuaciones de la migración exterior.
La pirámide de la población española al inicio de 1981 muestra una población relativamente envejecida (el 10,5% de los españoles ha pasado del 65 aniversario), a causa, fundamentalmente, de la caída de la natalidad. En 1960, las personas con 65 años y más representaban el 8,2% de la población. A la altura de 1980 la media europea se sitúa todavía claramente por encima (12,3%).

La nupcialidad
El comportamiento de los españoles ante el matrimonio*, pese a la estabilidad de la tasa bruta en torno al siete por mil, ha variado sensiblemente en los últimos veinte años. En primer lugar, se constata una clara disminución de la edad media al matrimonio desde 1960: en los varones disminuye tres años, al pasar de 29,3 a 26,3 años, en 1978; en el caso de las mujeres, el rejuvenecimiento se cifra en 2,7 años, al adelantarse su edad media al matrimonio desde 26,4 a 23,7 años. La diferencia de edad entre los contrayentes, estimada en unos tres años, se mantiene sorprendentemente constante durante todo el período. Aun dentro del esquema tradicional (mayor edad de los va rones a la hora de contraer matrimonio y_edades de los cónyuges todavía elevadas respecto al modelo europeo), es obvio que la mayor precocidad en el matrimonio viene dada por una creciente mejora económica en la mayor parte del período y a un profundo cambio en las pautas de control de la natalidad, pues el retraso en la edad del matrimonio no es sino una forma primaria para reducir la fecundidad.
Sin embargo, en la evolución de la nupcialidad española el dato más relevante es la abrupta caída observada desde 1975. Antes de esta caída se pueden acotar otros dos subperíodos: 1961-1965 y 1974-1975, durante los cuales la situación del mercado matrimonial ha incidido de manera diferente en el comportamiento de los agentes. El primer lustro de los sesenta se caracteriza por unas cotas de nupcialidad decrecientes e irregulares. En el período siguiente un ramal al alza se extiende desde 1965 hasta -1973. La evolución decreciente, que se inicia en 1974, se acentúa intensamente a partir de 1975.

Dada la diferencia de edad al contraer matrimonio entre varones y mujeres de tres años por término medio, la llegada al mercado matrimonial de las generaciones menguadas por la falta de nacimientos durante la guerra ocasionó en el primer lustro de los sesenta un déficit de mujeres casaderas. Pero a partir de 1965 se produjo una situación ventajosa para el sexo masculino en el mercado matrimonial, influenciada además por las migraciones exteriores. Esta incidencia de las perturbaciones de la natalidad a raíz de la guerra sobre el mercado matrimonial de los años sesenta resulta un dato muy relevante de la nupcialidad en España.

La fecundidad
En la actual coyuntura demográfica española el rasgo más sorprendente viene dado por la aceleración súbita en la caída de todos los indicadores de natalidad y fecundidad durante los cuatro últimos años. Dicha aceleración arranca desde 1974 y se engarza en la caída lenta que venía observándose desde 1964, también en la mayor parte de los países de Europa con mayor intensidad. La cifra provisional de nacimientos para 1979 implica una tasa de natalidad del orden del 16,1 por mil, frente al 18,1 por mil observado en 1977, según la cifra definitiva de nacimientos, es decir, que la tasa de, natalidad habría perdido dos, puntos por mil en dos años y alcanzaría el nivel mínimo del siglo.
Pese a la espectacular caída de los últimos años, la fecundidad española está ciertamente por encima de la media observada en los países europeos, con los que tiende, sin embargo, a homologarse. Con el nivel de mortalidad alcanzado en estos países haría falta un promedio de 2,1 hijos por mujer para asegurar el reemplazamiento de las generaciones. La gran mayoría de los países en cuestión se sitúa por. debajo de dicho nivel. La tasa bruta de reproducción para España en .1979, reconstruida según la cifra provisional de nacimientos, implica un promedio de 2,3 hijos por mujer, es decir, que el reemplazamiento de las generaciones sigue asegurado y mucho más el crecimiento de la población.

La mortalidad
La lucha contra la muerte ha tenido un impacto de eficacia en España, que ha llevado a unas esperanzas de vida de 70,4 años en los varones y 76,2 en las mujeres en el año 1975. Entre 1960 y el citado 1975 se ganan tres años de vida media en los varones y cuatro años en las mujeres, ampliándose así la sobremortalidad masculina.
La elevada esperanza de vida, que coloca a España en situación comparable a Inglaterra y Francia, no debe confundir sobre la situación real de la sanidad española. En efecto, los altos niveles en el indicador de la mortalidad son debidos no sólo al indudable progreso sanitario, sino también a que en edades avanzadas las generaciones españolas actuales han sido más fuertemente seleccionadas por la mortalidad qua sus pares en Inglaterra y Francia. De ahí que comparando la mortalidad edad a edad España tiene una mortalidad inferior a partir de los cincuenta años y nítidamente superior en edades infantiles y juveniles.

Las migraciones
La medida de la extraordinaria intensidad de las migraciones interiores en nuestro país se pone de manifiesto al comprobar que, de las personas censadas en 1970 con diez o más años de edad, 4,5 millones habían cambiado de municipio de residen cia con relación a 1960; esta cifra representa el 19,4% de la población que seguía residiendo en el mismo municipio.
Según la encuesta de equipamiento y nivel cultural de las familias (INE, 1977), el número dé hogares migrantes en el período que va del 31 de diciembre de 1970 al 30 de abril de 1975 es de 480.716, que en términos relativos se sitúa en el 5,4% del total de hogares no migrantes.
En cuanto a la migración exterior, según estimaciones del Instituto Español de Emigración, el número de emigrantes con destino a países europeos se sitúa en tomo a 160.000 al año en los períodos 19162-1965-y 1969-1973, en los que nuestra migración exterior fue más intensa; en los años 1966-1967 y 1968, en los que se produjo una breve crisis en la industria europea, el número medio de salidas anuales descendió a 107.000. A partir de 1973, fecha del inicio de la crisis económica actual, el número de salidas al exterior se ha reducido drásticamente, pasando de 89.000, en 1974, a 3 1.000, en 1977.
La evolución de la migración exterior se traduce en términos de saldo migratorio de signo negativo hasta 1974; el año 1975 inicia un período de saldo migratorio positivo. Desde entonces no parece haberse producido, sin embargo, un retorno masivo de los emigrantes. En este punto, la aportación del censoactual de población resulta ya imprescindible.
En conclusión, durante el últimc lustro de los setenta se ha producido una ruptura en la evolución de las principales variables determinantes de la dinámica poblacional en España: disminución de la nupcialidad, caída abrupta de la fecundidad y cambio de signo del saldo migratorio exterior.

* GTE, Ministerio de Economía y Comercio, Población, activídady ocupación en España (proyección con horizonte 1995). Madrid, 1980. Además de los redactores de este artículo forman parte del GTE: Carmen de Miguel, Alvaro Espina y José Ramón Lorente, bajo la coordinación de Carlos Romero.


La población, a la hora del censo: el mercado de trabajo en los años setenta / y 3
ISABEL AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 30 JUL 1981
Los años setenta habrán jugado el papel de década-bisagra entre dos épocas de la historia económica de Occidente. La ruptura que desde 1974 separa dos períodos de la década a la vez introduce un incierto cuarto final de siglo en el que las pautas socioeconómicas anteriores discurren «a la deriva», lejos del estable asidero de su regularidad pasada, todavía sin modelo recién nacido capaz de «encajonarlas».Al comenzar los años setenta, la economía española, en sincronía con los techos más álgidos de crecimiento del capitalismo occidental, alcanzaba las más altas cotas de producción e inversión de aquella época «dorada» iniciada en 1959, durante la cual, el PIB creció a una tasa acumulativa anual del 7% en términos reales hasta 1974. La configuración y dinámica del mercado de trabajo, aunque ya atenazado por sus insuficiencias estructurales, respondían a la altísima coyuntura global del sistema económico.
Por parte de la oferta o población activa ocurren dos hechos significativos en la primera mitad de los setenta. Tal como se refleja en el perfil creciente de la tasa de actividad femenina, que aumentó 5,7 puntos porcentuales, se producía en ese lustro una incorporación masiva de la mujer española al mundo del trabajo, que se tradujo en un aumento de población activa femenina en 904.900 mujeres en los años 1970-1974.
A su vez, la evolución al alza que conoció la natalidad española desde la segunda mitad de los años cincuenta se repercutía en la llegada de generaciones cada vez más «crecidas» a la población potencialmente activa, incidiendo en la hinchazón de las entradas netas en actividad del período. Este efecto todavía perdura hoy acumulativamente, ya que si bien la natalidad flexiona a la baja desde 1964, lo hace muy suavemente hasta 1977. Así, pues, en contraste con la década de los sesenta, durante la cual la población activa tuvo un crecimiento muy limitado, por efecto de la transformación de la estructura por edades, al coincidir en período de vida activa las «muescas» centrales de la pirámide de población, la oferta de fuerza de trabajo resulta muy ampliada por el «roedor» de la demografía desde el primer lustro de los setenta.
En continuidad con los años sesenta, sin embargo, sigue funcionando otro regulador estructural del mercado de trabajo español: la emigración exterior, cuyo saldo global para el conjunto del período 1970-1975 cabe estimar en unas salidas netas anuales del orden de 183.000 personas, aunque a partir del último año se ha invertido definitivamente el signo de dicho saldo.

Una demanda "boyante"
La demanda de trabajo por parte del sistema productivo medida por la generación global de empleo se mantenía a un nivel altísimo, alcanzando una tasa de crecimiento acumulativo anual del 1,4%, ya que, a pesar de la caída del empleo agrícola a un ritmo anual' del 3,8%, el sector servicios mantenía una tasa de creación de empleo del 4,3% y la industria, del 2,9%.

Las pautas de evolución de la demanda constituyen el factor predominante de la dinámica del mercado de trabajo en la economía española, empujando al alza, casi en términos de eclosión durante este período, las tasas de actividad (es decir, la oferta), sobre todo femeninas, y arrastrándolas a la baja en el período siguiente.
La incidencia de la crisis económica sobre el mercado de trabajo se ha traducido en un ajuste drástico de la población activa al ciclo de empleo y, por consiguiente, al ciclo económico general. La oferta se ha ajustado a la demanda en el mercado de trabajo español con una alta elasticidad, a diferencia de otros países, en los que la población activa (sobre todo femenina) ha mostrado mucha mayor rigidez ante la crisis de empleo.
Durante los seis años posteriores a 1974, la población activa española apenas si ha aumentado en 53.600 activos, mientras que, según la evolución tendencia¡ a largo plazo, tendrían que haber entrado unos 862.000 activos en términos netos en el mercado de trabajo en dicho período. Este crecimiento «truncado» en unos 800.000 activos es suficientemente expresivo de la amortiguación que ha supuesto el desánimo en la magnitud del paro medido por la encuesta de población activa.

El ajuste tuvo lugar, sobre todo, en los dos primeros años de crisis, durante los cuales la población activa disminuyó en 225.000 activos y se efectuó principalmente a través de la flexión en dos puntos porcentuales de la tasa de actividad femenina entre 1974 y 1976. A partir de este último año, dicha tasa se ha estabilizado, sin duda por un efecto renta que ha impuesto un «suelo» infranqueable.
Tal vez ningún indicador resulta más significativo del «descalabro» en el mercado de trabajo a raíz de la crisis que esa caída del empleo a un ritmo anual del 1,2% en los años 1975-1979, en contraste con el crecimiento del período anterior. En cifras absolutas, el balance de la crisis, en términos de empleo, no es menos impresionante, pudiendo estimarse en 1.200.000 los puestos de trabajo perdidos en los últimos seis años.
Este resultado es coherente con la disminución del crecimiento del PIB, que se sitúa en una tasa acumulativa anual de 1,6% por término medio durante los seis años de crisis 1974-1979 frente al 7,1% durante el decenio anterior a la crisis. En otros términos, tomando como indicador del impacto de la crisis la relación entre las tasas de crecimiento del PIB en los dos períodos, dicha tasa se ha visto «cuarteada» (exactamente reducida al 22,5% de su cota anterior) por efecto de la crisis. Para el conjunto de los países de la OCDE, este indicador se mantiene en torno al 49%.
El desglose de la caída global de empleo desvela una caída, acelerada con la crisis, de la ocupación agrícola a una tasa anual del 5,8%, un ritmo lento de caída del empleo industrial y una fuerte desaceleración en la creación de empleo por parte del sector servicios, cuya incidencia sobre el paro podría ser mayor que la de aquella caída, por la importante participación en el empleo total del sector servicios.
Este hundimiento de la demanda coincide inoportunamente con la llegada de las generaciones «crecidas», antes mencionadas, a las puertas del mercado de trabajo, una «tierra de nadie» donde los jóvenes se debaten entre el desánimo y el paro.

Un paro masivo de crisis
Junto al «paro de crecimiento» que se incuba en la economía española desde el decenio de los sesenta, enraizado en su modelo mismo de crecimiento, a partir de 1974 hace eclosión un « paro de crisis» resultante de todos los estrangulamientos y rupturas acaecidos en el mercado de trabajo en el segundo lustro de los setenta.
La tasa deparo de 1974, próxima al 3%, se ha multiplicado más que por cuatro en los seis años posteriores. A la altura del cuarto trimestre de 1980 alcanzaba el 13,2% sobre la población activa de catorce y más años. Dicha tasa es más del doble de la tasa media estimada para el conjunto de los países de la OCDE, el mes de diciembre último, en las «perspectivas económicas» de este organismo.
Isabel Agüero es estadística facultativa y jefa de sección de Previsiones Demográficas del INE; Joaquín Leguina es doctor en Ciencias Económicas y Demografía; Alberto Olano es economista especializado en Hacienda Pública y Demografía. Diego Ramos efectuó el proceso de datos.


La gran caída de la natalidad
ISABEL AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 2 DIC 1981
El Instituto Nacional de Estadística publicará en breve las cifras oficiales de población a nivel nacional y provincial, deducidas del último censo, efectuado el pasado mes de marzo. En raras ocasiones los datos sobre población trascienden a la opinión pública como noticia de tal alcance. La razón es ahora, y refiriéndose a los últimos cinco años la caída, sin precedentes, de la natalidad española.
A la vista de los resultados censales, la población española alcanzará los 38 millones de habitantes exactamente a finales del presente año 1981. Ahora bien: la dinámica de nuestra población desde el censo anterior (1970) ha sido particularmente accidentada por los cambios que han sufrido todas las variables demográficas básicas. En efecto, desde mediados de los setenta se produce una disminución brusca de la fecundidad y de la nupcialidad, se invierte el signo del saldo migratorio exterior y se retraen o se invierten las corrientes migratorias interiores.La abrupta caída de la fecundidad, todavía hoy interrumpida, que se acelera desde 1977, constituye, sin duda, la característica dominante de la coyuntura demográfica actual. La cifra provisional de nacimientos para los tres primeros meses de este año implica una tasa de natalidad del orden del 13,8TU (bajo la hipótesis de una disminución uniforme en el resto del año), frente al 18, 111o observado en 1977, es decir, que la tasa de natalidad habría perdido más de cuatro puntos por mil en cinco años. Nuestra población registra la más baja fecundidad de su historia.

Evolución en Europa
Alrededor de 1964-1965 se produce en Europa una inflexión drástica de todos los indicadores de natalidad y fecundidad. El número medio de hijos por mujer experimenta una caída brusca e ininterrumpida hasta 1975, aproximadamente, en el conjunto de países europeos, excepto Irlanda y el área mediterránea. De esta forma, el nivel mínimo necesario para asegurar el remplazamiento de las generaciones (aproximadamente 2,1 hijos por mujer) no se alcanza ya durante el primer quinquenio de los años setenta e incluso antes.
Tras diez años de disminución ininterrumpida de la fecundidad, alrededor de 1975 se inicia una desaceleración de la caída. Durante la segunda mitad de la década, la baja fecundidad se estabiliza a niveles nunca alcanzados con anterioridad en tiempos de paz (1,38 hijos por mujer, en 1978 y 1979, en la República Federal de Alemania; 1,49, en 1978, en Suiza; 1,50 en Dinamarca). Durante los últimos anos se observan síntomas de una ligera e indecisa recuperación en algunos países (Alemania Occidental, Inglaterra, Francia, Austria ... ), sin que pueda afirmarse, por el momento, que la tendencia reciente al alza de la fecundidad sea predominante en la mayoría de los países europeos.

Area mediterránea
Por su parte, en los países del área mediterránea la fecundidad también decrece desde 1965, aunque lentamente hasta bien entrados los años setenta. La aceleración de la caída de su fecundidad no se produce hasta muy avanzada la década. En Italia, la caída acelerada, que se inicia en 1974 (2,32 hijos por mujer), continuaba al terminar el año 1979 (1,65 hijos por mujer); los datos más recientes hacen pensar en una interrupción de la caída.
Tres años más tarde, España y Portugal conocen simultáneamente una paralela baja en la fecundidad. En el caso de España, la fuerte caída, todavía hoy ininterrumpida, arranca de la segunda mitad de 1977 (2,66 hijos por mujer) hasta alcanzar el nivel mínimo de renovación de las generaciones (2,1 hijos por mujer) a finales de 1980. Es necesario precisar, sin embargo, que un nivel de fecundidad inferior a 2,1 hijos por mujer no implica que la población a corto plazo disminuya, pero, de mantenerse, inexcusablemente acabaría disminuyendo y, en todo caso, acelera el envejecimiento de la pirámide poblacional.
Franqueado este umbral durante 1981, nada hace esperar una interrupción de la caída en los próximos años. Tomando como referencia la evolución observada en Italia, parece probable la prolongación del descenso hasta un nivel próximo a 1,65 hijos por mujer durante la primera mitad de la presente década.
Así pues, los países del área mediterránea, y entre ellos. España, se incorporan con un desfase temporal variable a la situación de débil fecundidad común hoy en toda Europa occidental.

La medida y la interpretación
Los indicadores utilizados hasta aquí (véase cuadro) responden a una concepción sincrónica o transversal, es decir, los 2,16 hijos por mujer en 1980 no quiere decir sino que una mujer sujeta a las tasas españolas de fecundidad de 1980, y en ausencia de mortalidad, tendría 2,16 hijos a lo largo de su vida fecunda. La evolución de estos índices depende de cambios en el calendario (podría ocurrir simplemente que las parejas estuviesen «aplazando» el momento de tener sus hijos), pero ello no es así en el caso español (la edad media de las madres aún no ha aumentado), donde el hecho fundamental es el siguiente: al final de su vida fértil, las generaciones de mujeres hoy fecundas tendrán menos hijos.
El estrecho paralelismo en la evolución de la fecundidad en los distintos países europeos lleva a una reflexión. En efecto: si por encima de las diversas reglamentaciones en materia de divorcio, aborto o utilización de medios anticonceptivos, de las diferentes confesiones religiosas predominantes, de las distintas políticas sociales y familiares, de las coyunturas políticas o económicas relativamente variadas.... las mismas causas han podido producir los mismos efectos, o muy similares, es que las diferencias nacionales eran secundarias respecto a esa hipotética y profunda causa común. O bien, lo cual no es desechable, ocurre que las diferencias entre los países son menos importantes respecto a la fecundidad de lo que comúnmente se suele escribir.
En los países en donde se han conseguido cotas altas en el control de la natalidad aparecen claros movimientos cíclicos, de cuya explicación se han ocupado algunos demógrafos en los últimos tiempos; a decir verdad, con esquemas más bien rudimentarios. Sin embargo, en el caso de España, esta caída más parece un salto cualitativo hacia la utilización social de los modernos métodos anticonceptivos, acompañado de una baja cíclica provocada por el «exceso» de población en el inicio de las edades fecundas y una coyuntura económica especialmente difícil para los segmentos de población en edades jóvenes, lo que refuerza el mentado ciclo depresivo.
Isabel Agüero es estadística facultativa y jefa de sección de previsiones demográficas del INE. - Joaquín Leguina es estadístico facultativo. Doctor en Ciencias Económicas y Demografía. Alberto Olano es economista especializado en Hacienda Pública y Demografía

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