La
población, a la hora del censo: la población mundial / 1
ISABEL
AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 28 JUL 1981
La
presentación de las primeras cifras del censo, relativas a la provincia de
Madrid (véase EL PAIS del 14 de julio) ha inaugurado un período informativo
sobre la población española.El Real Decreto 2.810/1980, de 14 de noviembre,
ordena que el censo de población en España se efectúe con referencia al 1 de
marzo de 1981. Se trata del noveno censo del siglo y su novedad consiste en que
por primera vez, desde 1900 la fecha de referencia se trasladó del clásico 3 1
de diciembre. Con esta ocasión. se inicia hoy en nuestras columnas una serie de
artículos sobre las poblaciones mundial y española.
Al,
principio de nuestra era, la población del mundo debía oscilar entre 150 y
trescientos millones de habitantes. Hay que esperar al siglo XVII para ver
doblarse el efectivo; un siglo y medio después se había. doblado de nuevo. A
partir de la última mitad del siglo XIX comienza la gran expansión demográfica:
entre 1900 y 1960 la población mundial vuelve a doblarse, llegando a los 3.000
millones de habitantes. Según las últimas estimaciones de la ONU, al final de
1980 la humanidad contaba con 4.415 millones de miembros, de los cuáles 3.284
millones habitaban en países menos desarrollados. A la vista de las
proyecciones de dicha organización, en los últimos cuarenta años del siglo
actual la humanidad volverá a duplicar sus, efectivos, superando en el año 2000
los 6.000 millones de habitantes.
Se
vive actualmente en una época histórica única respecto a la multiplicación de
la especie humana; por primera vez, se tiene la sensación de que el propio
desarrollo cuantitativo de esa especie llamada «hombre» puede ser un peligro
para su propia supervivencia.
Al
iniciarse la presente década, los parámetros básicos que marcan la evolución
inmediata de la población eran los que recoge el cuadro I; sin embargo, se
registra una clara desaceleración de las tasas de crecimiento mundiales. La población
del mundo acaba de pasar por el cuarto de siglo de más rápido crecimiento de
su. historia y parece adentrarse en una nueva fase de disminución constante en
su fecundidad. Es preciso tener en cuenta que tasas de incremento decrecientes
pueden dar lugar a crecimientos absolutos en aumento. De hecho, y según las
previsiones citadas, en los veinte últimos años de este siglo la población
mundial aumentará en 2.000 millones de habitantes.
Una
dicotomía radical.
Se
está ante una desaceleración de la tasa global de crecimiento de la población
mundial cuyo punto de inflexión cabe situar en los años sesenta. ¿A qué se debe
esta desaceleración en el ritmo de crecimiento de la población del mundo?
Intentando responder a esta pregunta hay que ir más allá de los parámetros
medios aplicados a una «población mundial» más o menos mítica, para identificar
y situar en escena dos tipos de poblaciones con una estructura por edades y una
dinámica-totalmente diferentes: las de los países menos desarrollados y las de
los países desarrollados.
La
proporción de personas menores de quince años en los países menos desarrollados
supera el 40%; es decir, son poblaciones muy jóvenes, mientras que la
proporción de personas mayores de 65 años no llega al 4%. El potencial de
expansión que dicha estructura entraña se traduce en esa tasa de crecimiento
anual del 2,2%, superior a la media mundial, del 1,8%.
Tales
proporciones sobre el total son del 25% para los menores de quince años, y
demás del 1 0%,para los mayores de 65 años, en las poblaciones de los países
desarrollados; es decir, son poblaciones envejecidas, cuyo potencial de
crecimiento implica una tasa anual inferior al 0,7%, muy por debajo de la media
mundial citada (1,8%).
A
grandes rasgos, se da una dicotomía radical entre esos dos bloques de población
que ocupan la escena mundial, y que son diferentes por su magnitud e
importancia relativas (75% y 25%, respectivamente, en la actualidad),
diferentes por su estructura (poblaciones jóvenes en los países menos
desarrollados, poblaciones envejecidas en los desarrollados) y, sobre todo, por
su dinamismo y su potencial de expansión, sometidos, en una palabra, a dos
regímenes demográficos totalmente diferentes.
Como
resultado de estos ritmos demográficos tan distanciados, el peso de la
población de los países menos desarrollados, que era del 67% a mitad del siglo,
se prevé que alcance el 80% en el año 2.000; correlativamente, el de los países
desarrollados disminuirá desde el 33% al 20% durante el mismo período.
Cambio
en la distribución por continentes
Al
mismo tiempo, el cambio en la distribución por continentes hará aumentar el
peso de la población de Asia en el total mundial; del 55%, en 1950, al 58%, al
final del siglo, mientras la vieja Europa disminuirá su importancia en la población
mundial: desde el 16%, a mitad de siglo, al 11 %, en la actualidad, y al 8%, en
el año 2000.
Pese
a ese crecimiento absoluto, en las áreas menos desarrollada,-. se percibe una
clara caída en sus tasas de crecimiento. Ahora bien, los países menos desarrollados
no constituyen un espacio demográfico homogéneo, de tal manera que al
identificar los países que están incidiendo en la desaceleración del
crecimiento de la población mundial en curso, se observa que en más del 60% de
estos países menos desarrollados la fecundidad sería todavía superior a la de
los países occidentales antes de su transición demográfica. Así, pues, la
ralentización del crecimiento demográfico mundial sería imputable
principalmente a los países de mayor población, entre los cuales. el peso de
China es considerable, junto al de otros grandes países como Brasil y la India.
Por
su parte, en los países desarrollados, la tasa de crecimiento ha disminuido en
un 441% desde la primera mitad de los sesenta a finales de los setenta (siete
veces más que en el resto del mundo), como resultado también de la caída de la
fecundidad.
La
disminución de la fecundidad se inició prácticamente, en todos los países
occidentales en 1964, y se ha acelerado desde el principio de los años setenta.
Como consecuencia, la renovación de la población (que en las condiciones de
mortalidad de estos países exige un promedio de 2,1 hijos por mujer) ya no
resulta asegurada en la mitad de los países industriales., Incluso la población
disminuye en varios países de Europa. Esta caída profunda de la fecundidad en
los países desarrollados es el otro gran factor de novedad en el panorama
demográfico actual del mundo. Sin duda. los países desarrollados han entrado en
un nuevo régimen demográfico cuya característica primordial sería el control
casi perfecto de la fecundidad por la pareja.
Crecimiento
desigual
Se
está, por lo dicho, ante una población mundial, creciendo cada vez más
rápidamente en valor absoluto, pese a sus decrecientes tasas de incremento. En
términos comparativos, este crecimiento es profundamente desigual-, mientras
que un cierto número de países industriales (las dos Alemanias y Suecia serían
los más llamativos) registran un crecimiento natural negativo -e índices de
envejecimiento extra ordinariamente altos-, el conjunto de los países menos
desarrollados muestran un cambio cualitativo a la baja. El peso demográfico de
lo que hoy se denomina occidente tenderá inexorablemente a ser menos en
términos relativos, con una población crecientemente debilitada en lo que a la
edad se refiere. No es de extrañar, por tanto, que vuelvan a sonar voces en
Europa a propósito del problema demográfico.
Isabel
Agüero es estadística facultativa y Jefa de sección de Previsiones Demográficas
del INE; Joaquín Leguina es doctor en Ciencias Económicas y Demografía, y
Alberto Olano es economista especializado en Hacienda Pública y Demografía.
Diego Ramos efectuó el proceso de datos
La
población, a la hora del censo: la población española/2
ISABEL
AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 29 JUL 1981
La
población española actual supera, según las estimaciones más fundadas, los 37,5
millones de habitantes -la proyección más reciente (*), bajo la hipótesis de
saldo migratorio nulo para los dos últimos años, cifra ya en 37.412.000 el
número de españoles al comienzo de 1981-. La aportación del último censo,
confirmando o rectificando esta estimación, resulta insoslayable.Durante el
período 1961-1980 la población española se incrementó en 6,5 millones de
personas; este crecimiento representa en cifras relativas un 21 % de la
población inicial.
La
dinámica poblacional de los últimos veinte años en España se ha caracterizado
por una tasa bruta de mortalidad en torno a 8,5 fallecidos por mil habitantes;
la tasa bruta de natalidad y, paralelamente, la de crecimiento natural no han
dejado de descender en el período, perdiendo la primera más de cinco puntos por
mil desde su cota más alta, en 1964; en cuanto a la tasa de. crecimiento
poblacional por mil habitantes, ha seguido una evolución oscilante, reflejando
estrechamente las fluctuaciones de la migración exterior.
La
pirámide de la población española al inicio de 1981 muestra una población
relativamente envejecida (el 10,5% de los españoles ha pasado del 65
aniversario), a causa, fundamentalmente, de la caída de la natalidad. En 1960,
las personas con 65 años y más representaban el 8,2% de la población. A la
altura de 1980 la media europea se sitúa todavía claramente por encima (12,3%).
La
nupcialidad
El
comportamiento de los españoles ante el matrimonio*, pese a la estabilidad de
la tasa bruta en torno al siete por mil, ha variado sensiblemente en los
últimos veinte años. En primer lugar, se constata una clara disminución de la
edad media al matrimonio desde 1960: en los varones disminuye tres años, al
pasar de 29,3 a 26,3 años, en 1978; en el caso de las mujeres, el
rejuvenecimiento se cifra en 2,7 años, al adelantarse su edad media al
matrimonio desde 26,4 a 23,7 años. La diferencia de edad entre los
contrayentes, estimada en unos tres años, se mantiene sorprendentemente
constante durante todo el período. Aun dentro del esquema tradicional (mayor
edad de los va rones a la hora de contraer matrimonio y_edades de los cónyuges
todavía elevadas respecto al modelo europeo), es obvio que la mayor precocidad
en el matrimonio viene dada por una creciente mejora económica en la mayor
parte del período y a un profundo cambio en las pautas de control de la
natalidad, pues el retraso en la edad del matrimonio no es sino una forma
primaria para reducir la fecundidad.
Sin
embargo, en la evolución de la nupcialidad española el dato más relevante es la
abrupta caída observada desde 1975. Antes de esta caída se pueden acotar otros
dos subperíodos: 1961-1965 y 1974-1975, durante los cuales la situación del
mercado matrimonial ha incidido de manera diferente en el comportamiento de los
agentes. El primer lustro de los sesenta se caracteriza por unas cotas de
nupcialidad decrecientes e irregulares. En el período siguiente un ramal al
alza se extiende desde 1965 hasta -1973. La evolución decreciente, que se
inicia en 1974, se acentúa intensamente a partir de 1975.
Dada
la diferencia de edad al contraer matrimonio entre varones y mujeres de tres
años por término medio, la llegada al mercado matrimonial de las generaciones
menguadas por la falta de nacimientos durante la guerra ocasionó en el primer
lustro de los sesenta un déficit de mujeres casaderas. Pero a partir de 1965 se
produjo una situación ventajosa para el sexo masculino en el mercado
matrimonial, influenciada además por las migraciones exteriores. Esta
incidencia de las perturbaciones de la natalidad a raíz de la guerra sobre el
mercado matrimonial de los años sesenta resulta un dato muy relevante de la
nupcialidad en España.
La
fecundidad
En
la actual coyuntura demográfica española el rasgo más sorprendente viene dado
por la aceleración súbita en la caída de todos los indicadores de natalidad y
fecundidad durante los cuatro últimos años. Dicha aceleración arranca desde
1974 y se engarza en la caída lenta que venía observándose desde 1964, también
en la mayor parte de los países de Europa con mayor intensidad. La cifra
provisional de nacimientos para 1979 implica una tasa de natalidad del orden
del 16,1 por mil, frente al 18,1 por mil observado en 1977, según la cifra
definitiva de nacimientos, es decir, que la tasa de, natalidad habría perdido
dos, puntos por mil en dos años y alcanzaría el nivel mínimo del siglo.
Pese
a la espectacular caída de los últimos años, la fecundidad española está
ciertamente por encima de la media observada en los países europeos, con los
que tiende, sin embargo, a homologarse. Con el nivel de mortalidad alcanzado en
estos países haría falta un promedio de 2,1 hijos por mujer para asegurar el
reemplazamiento de las generaciones. La gran mayoría de los países en cuestión
se sitúa por. debajo de dicho nivel. La tasa bruta de reproducción para España
en .1979, reconstruida según la cifra provisional de nacimientos, implica un
promedio de 2,3 hijos por mujer, es decir, que el reemplazamiento de las
generaciones sigue asegurado y mucho más el crecimiento de la población.
La
mortalidad
La
lucha contra la muerte ha tenido un impacto de eficacia en España, que ha
llevado a unas esperanzas de vida de 70,4 años en los varones y 76,2 en las
mujeres en el año 1975. Entre 1960 y el citado 1975 se ganan tres años de vida
media en los varones y cuatro años en las mujeres, ampliándose así la
sobremortalidad masculina.
La
elevada esperanza de vida, que coloca a España en situación comparable a
Inglaterra y Francia, no debe confundir sobre la situación real de la sanidad
española. En efecto, los altos niveles en el indicador de la mortalidad son
debidos no sólo al indudable progreso sanitario, sino también a que en edades
avanzadas las generaciones españolas actuales han sido más fuertemente
seleccionadas por la mortalidad qua sus pares en Inglaterra y Francia. De ahí
que comparando la mortalidad edad a edad España tiene una mortalidad inferior a
partir de los cincuenta años y nítidamente superior en edades infantiles y
juveniles.
Las
migraciones
La
medida de la extraordinaria intensidad de las migraciones interiores en nuestro
país se pone de manifiesto al comprobar que, de las personas censadas en 1970
con diez o más años de edad, 4,5 millones habían cambiado de municipio de
residen cia con relación a 1960; esta cifra representa el 19,4% de la población
que seguía residiendo en el mismo municipio.
Según
la encuesta de equipamiento y nivel cultural de las familias (INE, 1977), el
número dé hogares migrantes en el período que va del 31 de diciembre de 1970 al
30 de abril de 1975 es de 480.716, que en términos relativos se sitúa en el
5,4% del total de hogares no migrantes.
En
cuanto a la migración exterior, según estimaciones del Instituto Español de
Emigración, el número de emigrantes con destino a países europeos se sitúa en
tomo a 160.000 al año en los períodos 19162-1965-y 1969-1973, en los que
nuestra migración exterior fue más intensa; en los años 1966-1967 y 1968, en
los que se produjo una breve crisis en la industria europea, el número medio de
salidas anuales descendió a 107.000. A partir de 1973, fecha del inicio de la
crisis económica actual, el número de salidas al exterior se ha reducido
drásticamente, pasando de 89.000, en 1974, a 3 1.000, en 1977.
La
evolución de la migración exterior se traduce en términos de saldo migratorio
de signo negativo hasta 1974; el año 1975 inicia un período de saldo migratorio
positivo. Desde entonces no parece haberse producido, sin embargo, un retorno
masivo de los emigrantes. En este punto, la aportación del censoactual de
población resulta ya imprescindible.
En
conclusión, durante el últimc lustro de los setenta se ha producido una ruptura
en la evolución de las principales variables determinantes de la dinámica
poblacional en España: disminución de la nupcialidad, caída abrupta de la
fecundidad y cambio de signo del saldo migratorio exterior.
*
GTE, Ministerio de Economía y Comercio, Población, activídady ocupación en
España (proyección con horizonte 1995). Madrid, 1980. Además de los redactores
de este artículo forman parte del GTE: Carmen de Miguel, Alvaro Espina y José
Ramón Lorente, bajo la coordinación de Carlos Romero.
La
población, a la hora del censo: el mercado de trabajo en los años setenta / y 3
ISABEL
AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 30 JUL 1981
Los
años setenta habrán jugado el papel de década-bisagra entre dos épocas de la
historia económica de Occidente. La ruptura que desde 1974 separa dos períodos
de la década a la vez introduce un incierto cuarto final de siglo en el que las
pautas socioeconómicas anteriores discurren «a la deriva», lejos del estable
asidero de su regularidad pasada, todavía sin modelo recién nacido capaz de
«encajonarlas».Al comenzar los años setenta, la economía española, en sincronía
con los techos más álgidos de crecimiento del capitalismo occidental, alcanzaba
las más altas cotas de producción e inversión de aquella época «dorada»
iniciada en 1959, durante la cual, el PIB creció a una tasa acumulativa anual
del 7% en términos reales hasta 1974. La configuración y dinámica del mercado
de trabajo, aunque ya atenazado por sus insuficiencias estructurales,
respondían a la altísima coyuntura global del sistema económico.
Por
parte de la oferta o población activa ocurren dos hechos significativos en la
primera mitad de los setenta. Tal como se refleja en el perfil creciente de la
tasa de actividad femenina, que aumentó 5,7 puntos porcentuales, se producía en
ese lustro una incorporación masiva de la mujer española al mundo del trabajo,
que se tradujo en un aumento de población activa femenina en 904.900 mujeres en
los años 1970-1974.
A
su vez, la evolución al alza que conoció la natalidad española desde la segunda
mitad de los años cincuenta se repercutía en la llegada de generaciones cada
vez más «crecidas» a la población potencialmente activa, incidiendo en la
hinchazón de las entradas netas en actividad del período. Este efecto todavía
perdura hoy acumulativamente, ya que si bien la natalidad flexiona a la baja
desde 1964, lo hace muy suavemente hasta 1977. Así, pues, en contraste con la
década de los sesenta, durante la cual la población activa tuvo un crecimiento
muy limitado, por efecto de la transformación de la estructura por edades, al
coincidir en período de vida activa las «muescas» centrales de la pirámide de
población, la oferta de fuerza de trabajo resulta muy ampliada por el «roedor»
de la demografía desde el primer lustro de los setenta.
En
continuidad con los años sesenta, sin embargo, sigue funcionando otro regulador
estructural del mercado de trabajo español: la emigración exterior, cuyo saldo
global para el conjunto del período 1970-1975 cabe estimar en unas salidas
netas anuales del orden de 183.000 personas, aunque a partir del último año se
ha invertido definitivamente el signo de dicho saldo.
Una
demanda "boyante"
La
demanda de trabajo por parte del sistema productivo medida por la generación
global de empleo se mantenía a un nivel altísimo, alcanzando una tasa de
crecimiento acumulativo anual del 1,4%, ya que, a pesar de la caída del empleo
agrícola a un ritmo anual' del 3,8%, el sector servicios mantenía una tasa de
creación de empleo del 4,3% y la industria, del 2,9%.
Las
pautas de evolución de la demanda constituyen el factor predominante de la
dinámica del mercado de trabajo en la economía española, empujando al alza,
casi en términos de eclosión durante este período, las tasas de actividad (es
decir, la oferta), sobre todo femeninas, y arrastrándolas a la baja en el
período siguiente.
La
incidencia de la crisis económica sobre el mercado de trabajo se ha traducido
en un ajuste drástico de la población activa al ciclo de empleo y, por
consiguiente, al ciclo económico general. La oferta se ha ajustado a la demanda
en el mercado de trabajo español con una alta elasticidad, a diferencia de
otros países, en los que la población activa (sobre todo femenina) ha mostrado
mucha mayor rigidez ante la crisis de empleo.
Durante
los seis años posteriores a 1974, la población activa española apenas si ha
aumentado en 53.600 activos, mientras que, según la evolución tendencia¡ a
largo plazo, tendrían que haber entrado unos 862.000 activos en términos netos
en el mercado de trabajo en dicho período. Este crecimiento «truncado» en unos
800.000 activos es suficientemente expresivo de la amortiguación que ha
supuesto el desánimo en la magnitud del paro medido por la encuesta de
población activa.
El
ajuste tuvo lugar, sobre todo, en los dos primeros años de crisis, durante los
cuales la población activa disminuyó en 225.000 activos y se efectuó
principalmente a través de la flexión en dos puntos porcentuales de la tasa de
actividad femenina entre 1974 y 1976. A partir de este último año, dicha tasa
se ha estabilizado, sin duda por un efecto renta que ha impuesto un «suelo»
infranqueable.
Tal
vez ningún indicador resulta más significativo del «descalabro» en el mercado
de trabajo a raíz de la crisis que esa caída del empleo a un ritmo anual del
1,2% en los años 1975-1979, en contraste con el crecimiento del período
anterior. En cifras absolutas, el balance de la crisis, en términos de empleo,
no es menos impresionante, pudiendo estimarse en 1.200.000 los puestos de
trabajo perdidos en los últimos seis años.
Este
resultado es coherente con la disminución del crecimiento del PIB, que se sitúa
en una tasa acumulativa anual de 1,6% por término medio durante los seis años
de crisis 1974-1979 frente al 7,1% durante el decenio anterior a la crisis. En
otros términos, tomando como indicador del impacto de la crisis la relación
entre las tasas de crecimiento del PIB en los dos períodos, dicha tasa se ha
visto «cuarteada» (exactamente reducida al 22,5% de su cota anterior) por
efecto de la crisis. Para el conjunto de los países de la OCDE, este indicador
se mantiene en torno al 49%.
El
desglose de la caída global de empleo desvela una caída, acelerada con la
crisis, de la ocupación agrícola a una tasa anual del 5,8%, un ritmo lento de
caída del empleo industrial y una fuerte desaceleración en la creación de
empleo por parte del sector servicios, cuya incidencia sobre el paro podría ser
mayor que la de aquella caída, por la importante participación en el empleo
total del sector servicios.
Este
hundimiento de la demanda coincide inoportunamente con la llegada de las
generaciones «crecidas», antes mencionadas, a las puertas del mercado de
trabajo, una «tierra de nadie» donde los jóvenes se debaten entre el desánimo y
el paro.
Un
paro masivo de crisis
Junto
al «paro de crecimiento» que se incuba en la economía española desde el decenio
de los sesenta, enraizado en su modelo mismo de crecimiento, a partir de 1974
hace eclosión un « paro de crisis» resultante de todos los estrangulamientos y
rupturas acaecidos en el mercado de trabajo en el segundo lustro de los
setenta.
La
tasa deparo de 1974, próxima al 3%, se ha multiplicado más que por cuatro en
los seis años posteriores. A la altura del cuarto trimestre de 1980 alcanzaba
el 13,2% sobre la población activa de catorce y más años. Dicha tasa es más del
doble de la tasa media estimada para el conjunto de los países de la OCDE, el
mes de diciembre último, en las «perspectivas económicas» de este organismo.
Isabel
Agüero es estadística facultativa y jefa de sección de Previsiones Demográficas
del INE; Joaquín Leguina es doctor en Ciencias Económicas y Demografía; Alberto
Olano es economista especializado en Hacienda Pública y Demografía. Diego Ramos
efectuó el proceso de datos.
La
gran caída de la natalidad
ISABEL
AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 2 DIC 1981
El
Instituto Nacional de Estadística publicará en breve las cifras oficiales de
población a nivel nacional y provincial, deducidas del último censo, efectuado
el pasado mes de marzo. En raras ocasiones los datos sobre población
trascienden a la opinión pública como noticia de tal alcance. La razón es
ahora, y refiriéndose a los últimos cinco años la caída, sin precedentes, de la
natalidad española.
A
la vista de los resultados censales, la población española alcanzará los 38
millones de habitantes exactamente a finales del presente año 1981. Ahora bien:
la dinámica de nuestra población desde el censo anterior (1970) ha sido
particularmente accidentada por los cambios que han sufrido todas las variables
demográficas básicas. En efecto, desde mediados de los setenta se produce una
disminución brusca de la fecundidad y de la nupcialidad, se invierte el signo
del saldo migratorio exterior y se retraen o se invierten las corrientes
migratorias interiores.La abrupta caída de la fecundidad, todavía hoy
interrumpida, que se acelera desde 1977, constituye, sin duda, la
característica dominante de la coyuntura demográfica actual. La cifra
provisional de nacimientos para los tres primeros meses de este año implica una
tasa de natalidad del orden del 13,8TU (bajo la hipótesis de una disminución
uniforme en el resto del año), frente al 18, 111o observado en 1977, es decir,
que la tasa de natalidad habría perdido más de cuatro puntos por mil en cinco
años. Nuestra población registra la más baja fecundidad de su historia.
Evolución
en Europa
Alrededor
de 1964-1965 se produce en Europa una inflexión drástica de todos los
indicadores de natalidad y fecundidad. El número medio de hijos por mujer
experimenta una caída brusca e ininterrumpida hasta 1975, aproximadamente, en
el conjunto de países europeos, excepto Irlanda y el área mediterránea. De esta
forma, el nivel mínimo necesario para asegurar el remplazamiento de las
generaciones (aproximadamente 2,1 hijos por mujer) no se alcanza ya durante el
primer quinquenio de los años setenta e incluso antes.
Tras
diez años de disminución ininterrumpida de la fecundidad, alrededor de 1975 se
inicia una desaceleración de la caída. Durante la segunda mitad de la década,
la baja fecundidad se estabiliza a niveles nunca alcanzados con anterioridad en
tiempos de paz (1,38 hijos por mujer, en 1978 y 1979, en la República Federal
de Alemania; 1,49, en 1978, en Suiza; 1,50 en Dinamarca). Durante los últimos
anos se observan síntomas de una ligera e indecisa recuperación en algunos
países (Alemania Occidental, Inglaterra, Francia, Austria ... ), sin que pueda
afirmarse, por el momento, que la tendencia reciente al alza de la fecundidad
sea predominante en la mayoría de los países europeos.
Area
mediterránea
Por
su parte, en los países del área mediterránea la fecundidad también decrece desde
1965, aunque lentamente hasta bien entrados los años setenta. La aceleración de
la caída de su fecundidad no se produce hasta muy avanzada la década. En
Italia, la caída acelerada, que se inicia en 1974 (2,32 hijos por mujer),
continuaba al terminar el año 1979 (1,65 hijos por mujer); los datos más
recientes hacen pensar en una interrupción de la caída.
Tres
años más tarde, España y Portugal conocen simultáneamente una paralela baja en
la fecundidad. En el caso de España, la fuerte caída, todavía hoy ininterrumpida,
arranca de la segunda mitad de 1977 (2,66 hijos por mujer) hasta alcanzar el
nivel mínimo de renovación de las generaciones (2,1 hijos por mujer) a finales
de 1980. Es necesario precisar, sin embargo, que un nivel de fecundidad
inferior a 2,1 hijos por mujer no implica que la población a corto plazo
disminuya, pero, de mantenerse, inexcusablemente acabaría disminuyendo y, en
todo caso, acelera el envejecimiento de la pirámide poblacional.
Franqueado
este umbral durante 1981, nada hace esperar una interrupción de la caída en los
próximos años. Tomando como referencia la evolución observada en Italia, parece
probable la prolongación del descenso hasta un nivel próximo a 1,65 hijos por
mujer durante la primera mitad de la presente década.
Así
pues, los países del área mediterránea, y entre ellos. España, se incorporan
con un desfase temporal variable a la situación de débil fecundidad común hoy
en toda Europa occidental.
La
medida y la interpretación
Los
indicadores utilizados hasta aquí (véase cuadro) responden a una concepción
sincrónica o transversal, es decir, los 2,16 hijos por mujer en 1980 no quiere
decir sino que una mujer sujeta a las tasas españolas de fecundidad de 1980, y
en ausencia de mortalidad, tendría 2,16 hijos a lo largo de su vida fecunda. La
evolución de estos índices depende de cambios en el calendario (podría ocurrir
simplemente que las parejas estuviesen «aplazando» el momento de tener sus
hijos), pero ello no es así en el caso español (la edad media de las madres aún
no ha aumentado), donde el hecho fundamental es el siguiente: al final de su
vida fértil, las generaciones de mujeres hoy fecundas tendrán menos hijos.
El
estrecho paralelismo en la evolución de la fecundidad en los distintos países
europeos lleva a una reflexión. En efecto: si por encima de las diversas
reglamentaciones en materia de divorcio, aborto o utilización de medios
anticonceptivos, de las diferentes confesiones religiosas predominantes, de las
distintas políticas sociales y familiares, de las coyunturas políticas o
económicas relativamente variadas.... las mismas causas han podido producir los
mismos efectos, o muy similares, es que las diferencias nacionales eran
secundarias respecto a esa hipotética y profunda causa común. O bien, lo cual
no es desechable, ocurre que las diferencias entre los países son menos
importantes respecto a la fecundidad de lo que comúnmente se suele escribir.
En
los países en donde se han conseguido cotas altas en el control de la natalidad
aparecen claros movimientos cíclicos, de cuya explicación se han ocupado
algunos demógrafos en los últimos tiempos; a decir verdad, con esquemas más
bien rudimentarios. Sin embargo, en el caso de España, esta caída más parece un
salto cualitativo hacia la utilización social de los modernos métodos
anticonceptivos, acompañado de una baja cíclica provocada por el «exceso» de
población en el inicio de las edades fecundas y una coyuntura económica
especialmente difícil para los segmentos de población en edades jóvenes, lo que
refuerza el mentado ciclo depresivo.
Isabel Agüero es estadística facultativa y jefa de sección de
previsiones demográficas del INE. - Joaquín Leguina es estadístico facultativo.
Doctor en Ciencias Económicas y Demografía. Alberto Olano es economista
especializado en Hacienda Pública y Demografía
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