El
fraude de Salamanca
Jesús
Laínz es abogado
Para
nadie es un secreto que una de las piezas esenciales de la estrategia de los
diversos partidos nacionalistas, de no importa qué región, es la perpetua
falsificación histórica unida al victimismo con el que siguen presentándose
como imprescriptibles víctimas del franquismo.
Los efectos de esta falsificación histórica
son bien conocidos por todos, y sería un error considerar que se circunscriben
al limitado campo de la ciencia histórica. El más notorio e importante de estos
efectos es la intoxicación ideológica en las aulas y los medios de comunicación
con la que los nacionalismos han asegurado la perpetuación de su éxito político
durante varias generaciones. Pero los aspectos más variados de la vida política
nacional también se ven afectados por la intoxicación nacionalista.
El último de ellos ha sido la discusión
parlamentaria sobre la conveniencia o no de segregar el archivo que en
Salamanca centraliza la documentación relativa a la Guerra Civil.
Dicho
archivo acumula los documentos, de ambos bandos, que conservan para la posteridad
una parte tan importante de la historia de España. Además de unificar tan ingente
cantidad de documentos, continuamente se enriquece con nueva documentación llegada,
sobre todo de los países en los que se concentró el exilio republicano.
Esta
discusión, que en cualquier país ajeno a la paranoia nacionalista se vería
limitada al campo de la utilidad y la economía, en España se convierte en un
asunto espinoso, fuente de agravios y de acaloramiento. Y ello es debido a que
lo que mueve a los diversos partidos nacionalistas, de izquierda y derecha ¬y,
por contagio políticamente correcto, a sectores de otros partidos no
nacionalistas, a exigir el envío a sus regiones de lo que ellos consideran
patrimonio robado no es el interés por facilitar la investigación de los historiadores,
sino la interpretación conscientemente maliciosa de la realidad histórica.
Porque
los nacionalismos vasco y catalán llevan setenta años presentando lo que fue un
enfrentamiento ideológico entre españoles de todas las regiones como una guerra de agresión de España contra las
naciones vasca y catalana. En los libros de texto que estudian hoy los
escolares de dichas regiones se puede leer que sus «naciones» perdieron la
Guerra Civil y fueron invadidas. En el País Vasco el efecto de esta «invasión»
alucinada es que siguen saliendo hornadas de jóvenes descerebrados dispuestos a
asesinar para conseguir la liberación de su patria oprimida por el ocupante
español.
Y
en Cataluña la manipulación no se queda corta. Además de los libros de texto
con los que Pujol ha sembrado la cosecha electoral de ERC, existen páginas en
internet en las que, por ejemplo, a los intelectuales y a otras personalidades
catalanas que apoyaron al bando alzado, entre los cuales figuraban Eugenio
D'Ors, Llorenç Riber, Salvador Dalí, Francesc Cambó, Federico Mompou, Joan
Estelrich, Ramón d'Abadal, Josep Pla, Agustí Calvet, Llorenç Villalonga, Martín
de Riquer, etc., se les califica como «ocupantes».
El nacionalismo catalán considera un agravio
que los documentos de la Generalidad continúen en Salamanca, considerándolo un
robo, pues, como han escrito a menudo, «fueron tomados a sus legítimos
propietarios contra su voluntad». Este argumento no se comprende bien, pues lo
mismo podría estimarse de los documentos de los sindicatos asturianos, de los
partidos andaluces, de las prisiones madrileñas, de las tropas aragonesas, o de
cualquier otra combinación.
Pero no es a la lógica donde hay que acudir
en busca de una explicación, sino a la política. En agosto de 2002 el director
del Arxiu Nacional de Catalunya, Josep M. Sans Travé, volvió a denunciar lo que
considera un expolio a Cataluña, resumiendo la negativa del Gobierno Aznar a
romper la unidad de archivo con esta curiosa afirmación: «España actúa como país colonizador».
Eso lo explica todo. De esa concepción
fraudulenta que hace de la guerra en Cataluña no una guerra civil sino una
invasión de un país extranjero, nace el absurdo de que la documentación en
cuestión sea considerada un botín de guerra que debería ser restituido.
Quizá sería exigible a nuestros políticos,
de no importa qué partido, que tuviesen esto en cuenta a la hora de discutir y
decidir sobre algo que debería ser juzgado solamente mediante criterios de
lógica y utilidad para los profesionales de la Historia. Porque, de lo contrario,
quizá también debieran ser enviados documentos del Archivo de Indias de Sevilla
o del de Simancas a cada una de las provincias relacionadas con ellos.
Aunque lo más importante es tener presente
que, de ceder a la poco sostenible reclamación nacionalista, se estaría
admitiendo la aberración de que la Guerra Civil de 1936-39 fue una guerra de
España contra Cataluña y el País Vasco.
Treinta años después de la muerte de Franco,
¿no habrá llegado ya la hora de poder empezar a hablar, discutir libremente y
denunciar sin complejos todas estas mentiras de los nacionalismos que tan
graves efectos han tenido y, lamentablemente, parece que van a seguir teniendo
en el futuro?
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