Ausencia
FELIPE
GONZÁLEZ MÁRQUEZ 12 FEB 1998
El
próximo sábado día 14 de febrero hará dos años del asesinato, por la barbarie
etarra, del profesor Francisco Tomás y Valiente, en su despacho de la
Universidad Autónoma de Madrid. Para recordar su persona y su obra, EL PAÍS -
diario en el que el catedrático colaboraba habitualmente- ha pedido algunos
artículos. El primero de ellos, al ex presidente de Gobierno Felipe González,
que mantuvo hasta el final una profunda amistad con Tomás y Valiente.
«En
ellas nos va la vida, la del Estado que necesitamos y la nuestra individual,
porque cada vez que matan a un hombre en la calle (y esto no es una metáfora,
como diría el cartero de Neruda) nos matan un poco a cada uno de
nosotros».Francisco Tomás y Valiente.
EL
PAÍS, 15 de febrero de 1996.
Era
el eco de su voz al día siguiente de su asesinato. Era su mensaje a todos los
ciudadanos amantes de la paz y de la libertad, una semana después de la muerte
a manos de ETA de Fernando Múgica, hasta el día antes, última víctima de la
locura criminal.
Pero
han seguido, y ni siquiera me atrevo a recordar hoy que los últimos han sido el
matrimonio sevillano Alberto y Ascensión, porque faltan varias fechas para que
esto se publique.
He
necesitado dos años para recordar a Paco Tomás sólo con dolor, superada la
rabia. Dolor de ausencia del amigo porque, hasta el aliento final, nos dejaste
tu pensamiento, tu palabra de hombre de Estado, de demócrata, de persona de
bien.
Para
su familia, para sus próximos en la amistad o en el afecto, la pérdida del ser
querido es única, inconfundible, insustituible. Tomás y Valiente era capaz de
sentir que la muerte de un hombre en la calle, de cualquier hombre, nos mata un
poco a cada uno de nosotros. Esto es lo que ha calado en nuestra sociedad.
Cientos de miles de ciudadanos salieron de sus casas para gritar contra ETA,
tras su muerte. Su voz llegó al País Vasco: «ETA no, vascos sí». También ellos decidieron
desde entonces ocupar ese espacio más allá del miedo. Algunos no lo entendieron
entonces y siguen sin entenderlo ahora. Sin embargo, es la mejor oportunidad
social y política para hacer las cosas bien. Sólo habría que seguir la estela
de su tribuna en EL PAÍS para rendirle el tributo que se merece y enderezar el
camino que se torció por pasiones mediáticas y electorales.
Porque,
aunque cueste trabajo decirlo y creerlo, tal como se perciben las cosas, ETA
sigue estando débil. Sus epígonos lo notan, se dividen y se enfrentan entre
ellos. Son conscientes de su locura sin fin, sin objetivo alcanzable. Se
refuerzan por nuestra torpeza, por la publicidad que les hacemos, por nuestra
división como demócratas que perdemos el sentido del Estado. Matan, sí. Lo
llevan haciendo décadas. Como decía Adolfo Suárez, matar es lo más fácil. Esto
no supone fortaleza.
Después
de las detenciones de la cúpula dirigente en Bidart, en el año 92, su fuerza se
convirtió en su debilidad. Su estructura interna vertical, dictatorial, que
ellos llaman «militar» fue penetrada y descubierta por las Fuerzas de Seguridad
del Estado en coordinación con las francesas. Su estrategia para el año 92 les
falló. Creían, en su locura, que la desaparición de las fronteras, más los
acontecimientos de ese año, pondrían al Gobierno en situación de doblar la
rodilla y ceder a su chantaje. Pensaban que los países de la Unión Europea
sentirían la necesidad de «apretarnos» para resolver, como fuera, la situación
de violencia que ellos generaban. Su apuesta criminal era dura y concreta en
torno al año 92. Pero no sólo no lo lograron, sino que retrocedieron.
Como
tenemos la memoria frágil, muchos comentaristas creen que estoy hablando en
clave cuando recuerdo estas circunstancias, que hicieron del año siguiente, el
93, un año propicio para avanzar en la erradicación de esta plaga. Ellos, los
terroristas, lo sabían (recuerden, como muestra, la carta de Urrusolo) y la
sociedad española sentía que podían ser superados. Entonces no fue posible, y
en el artículo póstumo de Francisco Tomás se apuntan algunas de las razones.
Pero hoy lo es. Los socialistas estamos en la oposición y podemos facilitar la
tarea, porque nunca haremos de este tema de Estado pasto de luchas partidistas.
Como tampoco lo han hecho los convergentes.
Éste
es el sentido de mis palabras de estos días, que vuelven a ser aciagos para
todos, en los que crece el sentimiento cívico de que no podemos con ellos, en
que se tiene la tentación de ceder al chantaje, con propuestas disparatadas
para el Estado democrático.
Cuando
oigo al ministro del Interior afirmar que no hay atajos en esta lucha contra el
terror, creo que tiene razón. Ningún atajo nos llevará a la salida, en
particular los que proponen reformas de las reglas que nos hemos dado los demócratas
para que «quepan» los terroristas en ellas. Ni ETA ni HB aceptarán nunca normas
democráticas. Han tenido, y tienen, multitud de ocasiones para hacerlo.
¿Alguien puede dar una sola razón, democrática, para que tengamos que aceptar
sus pretensiones?
En
el funeral por el asesinato del Magistrado del Tribunal Supremo Martínez
Emperador -otro hombre de bien, además de hombre de Estado- pedí al señor Mayor
Oreja que dejáramos todos de decir que cuando cesen los asesinatos todo es
posible, o se puede hablar de diálogo con los violentos. Lo único que puede
decirse con sentido es que nuestra esperanza, la de todos los que queremos
vivir en paz y en libertad, es que ellos pierdan la esperanza de obtener
ventajas políticas con sus acciones. Pero, unos y otros, seguimos insistiendo
en abrir «vías» que sólo entienden como señales de debilidad. Y, lo que es más
grave, sólo interpretan los asesinos y sus socios como ofertas de impunidad.
En
sus manos está, piensan, cómo y cuándo deciden dejarlo. Mientras tanto siguen
matando, extorsionando, dividiendo a los demócratas, abriendo grietas en los
pactos antiterroristas y en las instituciones. Consiguen, incluso, desmoralizar
a los que dan la cara, en primera línea, en la lucha contra el terror. Creen
estar en posesión de las llaves de la cárcel, como mínimo, cuando dejen sus
acciones. Es el mensaje equivocado que reciben de nosotros.
Sin
embargo, en recuerdo de Paco Tomás hoy, y en recuerdo de miles de familias
afectadas por el terror, siempre, constantemente, quiero decir a los ciudadanos
que recuperen la esperanza, que podemos erradicarlos. Ahora, mejor que antes,
con más posibilidades. Como diría mi profesor de Derecho Romano, lo afirmo
«cognita causa». Sobre todo los terroristas saben que lo que digo es verdad.
Lástima que sea uno de ellos, Soares Gamboa, quien nos lo recuerde, desde la
cárcel y desde su conocimiento del fondo del problema.
Hagamos
que pierdan toda esperanza. Recuperaremos la nuestra.
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