Aceptabilidad
de la derrota
FELIPE
GONZÁLEZ MÁRQUEZ 29 JUN 2007
Con
frecuencia he defendido la idea de la aceptabilidad de la derrota como elemento
esencial del funcionamiento democrático. La solía contraponer a la alternancia
defendida por los más. Después he ido reflexionando en público sobre las
actitudes de los que son incapaces de aceptar la derrota, afirmando lo fácil que
resulta aceptar la victoria.
El
paso del tiempo y la observación de los comportamientos me llevan a considerar
más complejas las implicaciones de estas afirmaciones.
Sigo
creyendo, con mi amigo A. Prezowsky, que la aceptabilidad de la derrota es más
definitoria de la democracia que la alternancia. Ésta puede no producirse por
la libre decisión de los ciudadanos, que, durante prolongados periodos de
tiempo, pueden seguir prefiriendo una determinada opción política sobre la que
constituiría la alternativa de poder, sin que esto reste un ápice de valor al
funcionamiento de la democracia.
Sin
embargo, si no se dan razonables condiciones de igualdad de oportunidades entre
las opciones en juego, la derrota podría no ser aceptable de manera legítima y
estaríamos poniendo en peligro la validez del sistema, porque se haría
imposible el triunfo de la alternativa de poder y ésta tendría la tentación de
romper ese sistema.
Insistiré
en la razonable igualdad de oportunidades, para que los que ofrecen
alternativas irreales o alejadas de las percepciones mayoritarias, es decir,
para los que representan opciones minoritarias socialmente, no trasladen la
escasez de sus apoyos a la desigualdad de oportunidades. O para que se
comprenda que no existe nunca igualdad plena de oportunidades ni deja de
existir una cierta dosis de juego sucio, que pese a todo no invalidan el juego.
La
importancia para el funcionamiento de la democracia radica en la expectativa
que se genera en el perdedor de la contienda. Perdieron pero podían haber
ganado, lo que conlleva la posibilidad de conseguirlo en la próxima o en la
siguiente. Esta expectativa mantiene al grupo dentro del juego, evita la
tentación de ruptura y termina fortaleciendo y validando al propio sistema
democrático.
Los
elementos que constituyen la aceptabilidad de la derrota, o si lo prefieren la
razonable igualdad de oportunidades de las fuerzas en presencia, son diversos,
aunque algunos sean esenciales y otros más ligados a las circunstancias.
Una
clara división de poderes, por ejemplo, es de los esenciales. Si el poder
judicial actúa de manera sesgada en favor de una opción política, puede
desequilibrar gravemente las oportunidades.
Lo
mismo ocurre cuando los medios de comunicación no tienen un grado de pluralismo
razonable y se concentran -exageradamente- en torno a una de las opciones en
juego, o cuando se desequilibra dramáticamente la financiación de los partidos
sin marco regulatorio que cree ciertos límites.
Entre
las fuerzas en liza, las consideraciones sobre las derrotas se deslizan con
frecuencia hacia la autojustificación. Es decir, se niegan a analizar sus
propios fallos, sus carencias, para cargar sobre otros factores la derrota.
Obviamente no me estoy refiriendo a esto, que no tiene nada que ver con la
aceptabilidad de la derrota sino con la condición de malos perdedores. Y aquí
empezaría la segunda reflexión.
Que
la derrota sea aceptable no es lo mismo que los perdedores sean capaces de
aceptar la derrota. He repetido en público, sin aclararlo, que lo difícil es aceptar
la derrota, ya que la victoria siempre resulta aceptable, para añadir que a los
auténticos demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota.
Además
de aclarar las diferencias entre aceptabilidad y aceptación, intento destacar
que a los demócratas, como a los buenos deportistas, se les conoce también por
el uso que hacen de la victoria. Por su reacción y por su comportamiento a
partir del triunfo.
Lo
peculiar de esta aproximación es que cuando alguien no sabe perder las
posibilidades de que tampoco sepa ganar son altísimas. Así, los políticos que
no saben aceptar su derrota, cuando les llega el triunfo, hacen un uso abusivo
del poder que obtienen. Se dice que se les sube el poder a la cabeza y pierden
el sentido de la realidad o la dimensión de su propia estatura. Es bastante
adecuado para definir los comportamientos de este tipo de personajes.
Rara
vez las cosas ocurren por primera vez, aunque sea así en la experiencia
personal de casi todos los seres humanos. Por eso hay tantos gobiernos
"adanistas", que creen que todo lo que hacen, o lo que les pasa, es
la primera vez que ocurre. Esto los lleva a pensar que están creando siempre ex
novo, que están reinventando la res pública, hasta que se les viene encima el
peso de la historia, con sus constantes sociales y su propio ritmo, con sus
idas y venidas inevitables.
Me
ha tocado vivir una época de grandes cambios. Seguramente los más rápidos y
profundos de la historia contemporánea de nuestro país, pero también aquellos
que cambiaron la realidad mundial en la frontera de 1989, con las consecuencias
de la caída del Muro de Berlín y la revolución tecnológica que está tras la
llamada globalización. Pero siempre me ha acompañado la convicción de que la
condición humana tiene unas constantes que nos permiten ver a Cervantes o a
Aristóteles como contemporáneos nuestros. Probablemente por eso fui siempre un
reformista, no un revolucionario.
Mucho
más en corto, como dicen al otro lado del Atlántico, las cosas que ocurren en
nuestro país, o en los países hermanos de América, me dan la sensación de
haberlas vivido ya.
Se
trate de lo ocurrido con ETA, del comportamiento de los dirigentes del PP con
este tema y con la derrota del 14 de marzo de 2004, o de las
"refundaciones" nacionales en la otra orilla, siempre viene a mi
mente la misma imagen: me parece haberlo visto ya. Una repetición de la
película. Sin duda, noto también las variantes, casi siempre menores pero no
siempre mejores o peores.
Me
entristece pensar que los líderes crean que saben adónde van sin preocuparse de
saber de dónde vienen.
Felipe
González es ex presidente del Gobierno español.
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