Catadura
política
Por
Jordi Gracia, profesor de Literatura Española en la Universidad de Barcelona
(EL PAIS, 09/11/04):
En
un texto publicado en 1938, Ortega deja sobrentendida, muy sutilmente, su
preferencia por el bando franquista. En su correspondencia privada del mismo
año no hay sobrentendido alguno y se decanta por la victoria de Franco, aunque
sepa que esa victoria no será la suya, la de Ortega, ni la de sus amigos
liberales también exiliados (Marañón, Pérez de Ayala, etcétera), pero la
entiende como la elección más benigna en medio del desastre. Antonio Machado no
se exilia ni renuncia a respaldar a la República, al igual que había hecho ya
en 1931, cuando es presidente honorífico de la Agrupación al Servicio de la
República, promovida por Ortega, Marañón y Pérez de Ayala. En 1936, Machado fue
el único de los cuatro que se mantuvo fiel a la legalidad, y escribe en Hora de
España, escribe su Juan de Mairena y no calla sus convicciones (ni su falta de
fe en las palabras cuando estallan las granadas). Marañón y Pérez de Ayala
también actuaron públicamente, pero como destacados propagandistas de Franco
(antes de la victoria). Y lo hicieron con su nombre y sin esconderse, desde
1938, aunque no fuesen fascistas ni tan siquiera franquistas; pero optaron
clara y rotundamente por la victoria de ese bando. En un artículo reciente,
Catadura moral (EL PAÍS, 21-10-2004), Javier Tusell se pregunta, a propósito de
mi libro La resistencia silenciosa, sobre los límites de la condena de ese
comportamiento, pero no veo otra salida que la condena de una decisión política
equivocada. El caudal de matices que exige ese tiempo no ha de desdibujar los
trazos de fondo y, desde luego, el esfuerzo de entender esa elección, y en esas
circunstancias no puede servir de coartada moral para un error político: al
contrario, la amargura que entraña exige un esfuerzo complementario para
aceptar la incoherencia entre una trayectoria liberal innegable y la decisión
de respaldar a un militar que lleva detrás a la España menos recomendable. A
otros también liberales y demócratas les asaltó el mismo drama y acertaron
mejor al decidir en qué lado se ponían (a pesar del miedo, a pesar de la edad).
El juicio condenatorio no es moral; el juicio es político.
Y
es sin duda complicado explicar la decisión de un cierto tipo de liberalismo,
en el que se reconocen algunos otros nombres mayores de nuestra cultura
contemporánea; por ejemplo, Baroja, o Azorín, o Menéndez Pidal. Y es que quizás
ese modo de actuar ilumina algo de la debilidad de la razón liberal
conservadora ante situaciones dramáticas o, si se quiere, su vulnerabilidad
ante extremismos radicales como los que impone una guerra. Parece preferir la
protección de un sistema de valores de clase y, por tanto, ideológico, antes
que el respeto por el sistema democrático y sus consecuencias. Adopta una decisión
de clase que los enfrenta a quienes pueden temer también los desmanes de la
revolución anarquista y comunista, pero creen prioritaria la defensa de un
orden constitucional y democrático asaltado por un general y sus aliados
políticos. Por eso no cuesta nada, ni hay que andar con muchos remilgos, para
explicar la elección de bando de Juan Ramón, de Cernuda, de Américo Castro o de
Salinas. Es simplemente más coherente con lo que habían sido antes de la guerra
y no producen la sorpresa, el desasosiego (o el desánimo) que causa la opción
de los otros. Igual no es una capitulación en toda regla, la de los maestros,
quizá no, pero sí lo fue durante la guerra, cuando se sienten mejor protegidos
en la coalición de derechas tradicionalistas, fascistas y muy reaccionarias que
respaldan a Franco.
Pero
sigue siendo verdad que no se sienten a gusto, y recelan profundamente de la
barbarie que va a llegar cuando ganen los suyos, y hasta temen con razón las
represalias de la victoria de su bando (como efectivamente sucede). Sin
embargo, optan por ese bando, y los casos de Marañón y de Pérez de Ayala son
mucho más sangrantes que el de Ortega, pero deberían servirnos para determinar
las formas que experimenta la tentación autoritaria, que casi siempre sabe que
no resolverá nada convincentemente, pero que sin embargo a veces y a algunos, y
en algunas circunstancias, les resulta irrenunciable, como sucede con Marañón,
con Baroja, etcétera. Esa condena política me parece necesaria, y la paradoja
mayor de todo reside en que, a pesar de eso y contra lo que decidieron apoyar
ellos mismos en la guerra, su presencia, su memoria, su subsistencia y hasta su
ejemplo intelectual contribuyeron a la resurrección de una tradición que
actuaba sin ruido y sin demasiadas oportunidades porque ni la dejaban ni podía
tampoco tenerlas en el contexto de un Estado fascista. No fueron protagonistas
de una resistencia silenciosa, pero fueron piezas irrenunciables de su
subsistencia y maduración histórica. (Y me abstengo de comentar otros errores de
lectura de Tusell que no me sé explicar, porque de Marías se trata en el libro,
y con encomio, no aparece en ningún caso la noción de falangismo liberal; se
distinguen las distintas fases del franquismo, desde su delirio fascista a su
sumisión nacional-católica, y para nada se me ocurre tachar de liberales a los
fascistas ni, desde luego, los maestros liberales merecen sólo un juicio
“calificativo condenatorio”…, sino muchos más).
Extender
la condena, por tanto, a la posguerra es otro cantar, y hay que andar con mucho
más cuidado. Entre otras cosas porque nada es uniforme ni imperturbablemente
estable y las posiciones de muchos escritores van variando a medida que el
propio régimen se amolda a las nuevas circunstancias. Y la primera de todas
será el curso de la segunda guerra hasta 1943 y el que toma ya entrado ese año
hasta la derrota del eje (tanto cambió el régimen, en algunos puntos delicados,
como que la Historia de la Segunda Guerra Mundial que publica Idea entre 1941 y
1948, con colaboradores como Manuel Aznar y aires oficiales, omite toda alusión
a la propia División Azul). Cuando hablamos de resistencia a secas, sólo hay
una, suele llevar la mayúscula y fue la que encarnaron los franceses que se
opusieron a la invasión nazi (o, si quieren, la de un maquis masacrado en pocos
años). Pero quizá pueda extenderse también esa denominación para aludir a la
esforzada subsistencia que halló la razón liberal y racionalista tras la
victora de Franco: resistir a la intoxicación del fascismo triunfante, a la revancha,
al nacionalcatolicismo y la adulación al sistema con el fin de perpetuar
algunas formas de pensamiento y escritura extremadamente maltratadas o
directamente amenazadas de exterminio literal. Resistir en ese sentido, que
creí ampliamente explicado en el libro, entiendo que es hacer lo que hace un
personaje como Julián Marías, que escoge un asunto entonces caliente (la
filosofía del padre Gratry) para doctorarse, y no lo consigue; resistir sin
hacer demasiado ruido es ir escribiendo artículos intachablemente liberales en
Ínsula (aunque a menudo algo sosos) y ensayar aquí y allá otras iniciativas que
recuerden dónde está el sentido común y la razón de estirpe ilustrada. Y es con
algo de esa gestualidad acobardada, o sumisa, como Marañón se distancia de su
papel de propagandista de Franco en 1938 y restituye una parte de su demostrado
buen sentido intentando ocuparse en sus Ensayos liberales (1946) de la
convivencia entre Clarín y Menéndez Pelayo en el pasado (como nostalgia para el
presente), o cuando Ortega cree poder mitigar el nacionalcatolicismo rampante
de un régimen aún tatuado de rasgos fascistas, o cuando Azorín o Baroja siguen
escribiendo un poco como siempre, amparándose en la edad y en que algunos de
los nuevos jerarcas intelectuales del Estado y de Falange les piden
precisamente eso, que sigan ahí y sigan haciendo moderadamente lo que llevan
décadas haciendo. No hay falangismo liberal alguno ahí (ni en ningún otro
sitio), pero sí es seguro que algunos de los antiguos fascistas presumidos de
la guerra y la posguerra retoman las riendas de la cordura, de la tradición
liberal y salen de su propio furor fascista, como hará en la década de los
sesenta Torrente Ballester y ha aprendido a hacer algo antes un Dionisio
Ridruejo. Habrán podido hacerlo con la ayuda de esa misma tradición que habían
vapuleado, manipulado, deformado y, por fin también, reaprendido o resucitado o
readoptado. Aquel repeluzno a lo infinito que aprendió Ridruejo me recuerda en
otra clave el que relata el imborrable, sobrecogedor relato de Tadeusz Borowsky
en Nuestro hogar es Auschwitz: “Me acuerdo de cómo me gustaba Platón. Hoy sé
que mentía. Porque los objetos sensibles no son el reflejo de ninguna idea,
sino el resultado del sudor y la sangre de los hombres”.
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