Pienso que, después de la transición, sigue haciendo falta
un laicismo con capacidad de adherirse a una idea sin quedar prisionero de
ella,
un laicismo como libertad ante la manía de idolatrar o de sacralizar,
un
laicismo como moralidad humanista, alejado del dogmatismo y de las viscerales
identidades colectivas;
pienso en la necesidad de superar las exigencias
telúricas y reivindicar, en la línea de Norberto Bobbio, los valores fríos de
la democracia -el ejercicio del voto, las formales garantías jurídicas, la
observancia de las leyes y de las reglas, los principios lógicos-, sabiendo que
son ellos los que permiten a los individuos de carne y hueso cultivar libre y
personalmente sus propios valores y sentimientos calientes -la amistad, los
afectos, el amor, las pasiones y las predilecciones de cualquier naturaleza-.

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