jueves, 6 de diciembre de 2012

¿Se podría haber evitado la Guerra Civil?



¿Se podría haber evitado la Guerra Civil?
STANLEY G. PAYNE
El 18 de julio es la fecha más trágica de la Historia contemporánea de España y sus efectos persisten de alguna manera en el siglo XXI. En años recientes se ha despertado el interés por el género de la historia contrafactual, es decir, el análisis de los escenarios o las consecuencias posibles de los grandes acontecimientos históricos si hubiese sucedido algo distinto a lo que realmente ocurrió.Aplicado al estallido de la Guerra Civil española, esto plantearía la pregunta de cómo se podría haber evitado semejante catástrofe.
Cuando se restauró la democracia en 1977, la preocupación de las principales fuerzas era evitar un futuro desastre mediante la consecución de un amplio consenso democrático. Sin embargo, este objetivo no pudo alcanzarse en 1936, en primer lugar debido a la profunda polarización entre la derecha y la izquierda y en segundo lugar porque los demócratas liberales del centro de la República -las únicas fuerzas que en realidad buscaron un consenso democrático- quedaron eclipsadas.
Las fuerzas del centrorepublicano se encontraban gravemente debilitadas por divisiones internas y pequeños escándalos -escándalos de ninguna manera comparables a la enorme corrupción de la época de Felipe González- y fueron prácticamente eliminadas en las elecciones polarizadas de febrero de 1936. Como obtener un consenso amplio era, por tanto, imposible, la interrogante contrafactual es en realidad si se pudieron haber adoptado medidas o mecanismos políticos prácticos que hubieran evitado el desastre.
El examen de las complejidades de la situación política durante la primavera y el principio del verano de 1936 arroja dos alternativas prácticas. Una habría sido un Gobierno de izquierda mucho más fuerte y autoritario, una administración casi revolucionaria que simplemente habría aplastado a la derecha, lo que habría hecho imposible cualquier rebelión contra sus políticas arbitrarias.La segunda habría sido la formación de un Gobierno de unidad republicano más moderado, aunque más amplio, entre el centro izquierda y de centro, ofreciéndose así una alternativa más moderada y conciliatoria que por un lado habría contenido a la izquierda revolucionaria y por otro habría conciliado a la derecha.
El principal obstáculo de este escenario particular lo constituían el carácter y las divisiones internas de la izquierda española. Los desacuerdos entre la izquierda republicana y los socialistas habían contribuido al desastre electoral de la izquierda en 1933 y lo que al final se conoció como el Frente Popular fue la fórmula de la alianza que obtuvo una victoria contundente en las elecciones de 1936.
El Frente Popular, sin embargo, entrañaba contradicciones intrínsecas entre los republicanos de izquierda de Azaña y los partidos obreros, que en aquel entonces estaban en buena parte orientados hacia la revolución.
Los republicanos de izquierda habían adoptado en 1934 una especie de programa socialdemócrata, pero rechazaban la revolución colectivista. Su utopía seguía siendo una república de izquierda, anticlerical y anticatólica, si bien basada en la propiedad privada. Pero como los republicanos de izquierda no podían movilizar más del 20% del voto, esta utopía no podría realizarse sin el apoyo de la izquierda obrera. Dada esta división fundamental entre la izquierda anticolectivista de clase media de Azaña y los partidos obreros, la primera opción antes esbozada -un Gobierno fuerte con una izquierda unida que habría dominado y controlado completamente la escena política-, no era posible.
Largo Caballero y el sector ultrarrevolucionario de los socialistas insistían en que Azaña debía gobernar en minoría con los republicanos de izquierda y, hasta cierto punto, con el apoyo de los partidos obreros, lo que era intrínsecamente un plan sin consistencia y se convirtió en la fórmula del desastre.
El Gobierno de Azaña, creado el 19 de febrero de 1936, se fundamentaba en una especie de apuesta que implicaba un riesgo calculado, pero cuyas probabilidades de éxito no habían sido bien estimadas.
Por un lado, Azaña y sus correligionarios estaban decididos a imponer su utopía anticatólica progresista de clase media, objetivo que descartaba cualquier compromiso con la derecha, pero sólo podían hacerlo con el apoyo de los partidos obreros. Sin embargo, la izquierda republicana no compartía los objetivos revolucionarios de los partidos obreros.
Por tanto, Azaña apostó a que éstos estarían dispuestos a apoyar el reformismo republicano socialdemócrata de la izquierda de clase media, al tiempo que renunciarían lenta aunque ininterrumpidamente a la revolución.
Era una apuesta que muy pronto comenzaron a perder, pues poco después de las elecciones los miembros de los sindicatos obreros y de otras organizaciones obreras reanudaron el proceso revolucionario de 1934.
Esto trajo consigo la celebración de huelgas generalizadas que planteaban demandas extremas, la confiscación ilegal y protorrevolucionaria de tierras, la destrucción de iglesias bienes de la Iglesia, el embargo de edificios de la Iglesia, la destrucción de propiedades rurales y la violencia política generalizada. En mayo este proceso había comenzado a atemorizar incluso a la izquierda republicana, pero Azaña y sus colegas persistieron en su apuesta, con la esperanza de que el reformismo prevalecería y que la marea prerrevolucionaria iba a decrecer.
Pero a la vez debieron admitir que quizá esto no iba a suceder, lo que explica su renuencia a purgar el cuerpo de oficiales del Ejército, pues si la ofensiva de los trabajadores se descontrolaba, el Ejército sería la principal defensa del Gobierno. Aunque el Frente Popular se había formado bajo el lema de pas d'ennemis à gauche, a la larga la extrema izquierda se convirtió en motivo de gran preocupación para los gobiernos de Azaña y Casares Quiroga, aunque nunca lo reconocieron públicamente.
La instauración del Gobierno autoritario que exigían los revolucionarios habría significado el fin de sus esperanzas, y de ahí que Juan Marichal, uno de los principales especialistas en Azaña, haya escrito que cuando éste alcanzó la Presidencia de la República en mayo de 1936, le preocupaba más el peligro de la izquierda revolucionaria que la derecha radical.
Como la izquierda republicana rechazaba la creación de un Gobierno revolucionario de izquierda con plenos poderes, la única alternativa viable era un Gobierno de coalición republicano más fuerte y amplio. Se debatieron varios planes para tal alternativa desde el comienzo de las sesiones regulares de las Cortes, en abril, hasta la noche del 18 al 19 de julio, cuando Diego Martínez Barrio realizó un último intento desesperado.
En un momento dado, los planes y las conjeturas para la formación de esta coalición iban desde recurrir a la izquierda para incluir a los socialistas o a la derecha para integrar al sector liberal de izquierda de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas).
Las más persistentes conjeturas no preocupaban tanto a la coalición panrepublicana como la posibilidad de restablecer la alianza que la izquierda republicana y los socialistas crearon entre 1932 y 1933 bajo el liderazgo de Indalecio Prieto.
Este, que se inclinaba más hacia la democracia social que hacia la revolución violenta, presentó propuestas concretas para la formación de un Gobierno más fuerte y resuelto, pero la participación socialista en el Gobierno se veía constante e implacablemente vetada por los caballeristas revolucionarios.
Los prietistas podrían haber dirigido un Gobierno de coalición, pero sólo a riesgo de provocar la escisión del PSOE, un riesgo que se negaron a correr a pesar de que las divisiones internas del Partido Socialista ya eran muy profundas.
No obstante, las conjeturas sobre la formación de algún tipo de Gobierno de coalición amplio dirigido por Prieto continuaron hasta junio.
Felipe Sánchez Román, el más moderado de los líderes de la izquierda republicana (que se habían negado a integrarse en el Frente Popular debido asus profundas contradicciones) y una de las figuras a quien Azaña más admiraba, presentó una propuesta distinta.En una reunión de su diminuto Partido Nacional Republicano celebrada el 25 de mayo, Sánchez Román propuso crear una nueva coalición de todos los partidos dispuestos a apoyar firmemente la Constitución republicana y el orden público. Propuso incluir a todos los republicanos centristas, así como a los socialistas, siempre y cuando estuvieran dispuestos a renunciar a la violencia y a la revolución, lo que, tal como observó Sánchez Román, no era probable.
Un Gobierno de estas características actuaría contra todas las milicias políticas, tanto de izquierda como de derecha, y velaría por el cumplimiento estricto de la Constitución. Esta petición fue ignorada totalmente por su amigo Azaña quien, pese a estar profundamente preocupado, de todos modos prefería seguir apostando por la izquierda revolucionaria.
Miguel Maura, uno de los fundadores de la República y de los pocos líderes que quedaban del centro republicano liberal democrático, publicó una serie de artículos en El Sol, principal periódico republicano de Madrid, en los últimos días de junio. En ellos llegó a la conclusión de que la situación se había degenerado tanto que la única esperanza de salvación era una «dictadura nacional republicana» constitucionalista, un Gobierno especial autorizado por el presidente de la República a legislar por decreto en casos de emergencia -como ocurría frecuentemente en Europa durante la crisis de la Gran Depresión-, para mantener el orden público de acuerdo a las normas de la Constitución. De esta manera se podría evitar el dilema de si la izquierda republicana iba a tener o no el valor de romper el compromiso revolucionario del Frente Popular para encarar la cuestión de vida o muerte de la republica constitucional misma.
Pero la propuesta fue ignorada, pues Azaña insistía en mantener el Frente Popular, siempre con la esperanza de que su apuesta aún podía imponerse.
Incluso después del macabro asesinato de Calvo Sotelo por policías y militantes socialistas y comunistas insubordinados, el Gobierno de la izquierda republicana se negó a hacer un solo gesto importante en defensa del orden público y del cumplimiento de la Constitución republicana, como tampoco hizo el menor esfuerzo por conciliar a una oposición golpeada. Azaña y Casares Quiroga se dieron cuenta de que esto provocaría una revuelta militar, pero supusieron que sólo sería una repetición de la débil Sanjurjada de 1932 que podría reprimirse fácilmente y que dejaría al Gobierno más fuerte que nunca. No comprendieron que una prueba tan espectacular de la ausencia de orden público iba a provocar una sublevación importante.
La noche del 18 al 19 de julio, cuando Azaña por fin lo comprendió, autorizó a Diego Martínez Barrio, el líder más moderado del Frente Popular, a formar un nuevo Gobierno de coalición con todos los partidos republicanos, que por primera vez iba a incorporar al centro republicano.
Martínez Barrio intentó establecer un amplio compromiso que posiblemente habría evitado la Guerra Civil, de haberse hecho antes, pero ya era demasiado tarde. Por definición, es imposible evitar algo una vez que ha comenzado a ocurrir.Por un lado, los militares rebeldes se negaron a llegar a ningún compromiso. Por otro, tanto los socialistas como la extrema izquierda republicana comenzaron a manifestarse contra el nuevo Gobierno de centro. Incluso sólo cinco días antes este plan habría tenido cierta posibilidad de éxito. Azaña había esperado demasiado y su apuesta por el Frente Popular -que nunca estudió seriamente- había fracasado.
El Frente Popular de febrero de 1936 sería reemplazado por un régimen revolucionario que iba a llevar adelante la revolución y luchar en una guerra civil total.
Stanley G. Payne es historiador, autor, entre otras obras, de El fascismo y El régimen de Franco.

El fraude de Salamanca



El fraude de Salamanca 
Jesús Laínz es abogado
Para nadie es un secreto que una de las piezas esenciales de la estrategia de los diversos partidos nacionalistas, de no importa qué región, es la perpetua falsificación histórica unida al victimismo con el que siguen presentándose como imprescriptibles víctimas del franquismo.
   Los efectos de esta falsificación histórica son bien conocidos por todos, y sería un error considerar que se circunscriben al limitado campo de la ciencia histórica. El más notorio e importante de estos efectos es la intoxicación ideológica en las aulas y los medios de comunicación con la que los nacionalismos han asegurado la perpetuación de su éxito político durante varias generaciones. Pero los aspectos más variados de la vida política nacional también se ven afectados por la intoxicación nacionalista.
   El último de ellos ha sido la discusión parlamentaria sobre la conveniencia o no de segregar el archivo que en Salamanca centraliza la documentación relativa a la Guerra Civil.
Dicho archivo acumula los documentos, de ambos bandos, que conservan para la posteridad una parte tan importante de la historia de España. Además de unificar tan ingente cantidad de documentos, continuamente se enriquece con nueva documentación llegada, sobre todo de los países en los que se concentró el exilio republicano.
Esta discusión, que en cualquier país ajeno a la paranoia nacionalista se vería limitada al campo de la utilidad y la economía, en España se convierte en un asunto espinoso, fuente de agravios y de acaloramiento. Y ello es debido a que lo que mueve a los diversos partidos nacionalistas, de izquierda y derecha ¬y, por contagio políticamente correcto, a sectores de otros partidos no nacionalistas, a exigir el envío a sus regiones de lo que ellos consideran patrimonio robado no es el interés por facilitar la investigación de los historiadores, sino la interpretación conscientemente maliciosa de la realidad histórica.
Porque los nacionalismos vasco y catalán llevan setenta años presentando lo que fue un enfrentamiento ideológico entre españoles de todas las regiones como una  guerra de agresión de España contra las naciones vasca y catalana. En los libros de texto que estudian hoy los escolares de dichas regiones se puede leer que sus «naciones» perdieron la Guerra Civil y fueron invadidas. En el País Vasco el efecto de esta «invasión» alucinada es que siguen saliendo hornadas de jóvenes descerebrados dispuestos a asesinar para conseguir la liberación de su patria oprimida por el ocupante español.
Y en Cataluña la manipulación no se queda corta. Además de los libros de texto con los que Pujol ha sembrado la cosecha electoral de ERC, existen páginas en internet en las que, por ejemplo, a los intelectuales y a otras personalidades catalanas que apoyaron al bando alzado, entre los cuales figuraban Eugenio D'Ors, Llorenç Riber, Salvador Dalí, Francesc Cambó, Federico Mompou, Joan Estelrich, Ramón d'Abadal, Josep Pla, Agustí Calvet, Llorenç Villalonga, Martín de Riquer, etc., se les califica como «ocupantes».
   El nacionalismo catalán considera un agravio que los documentos de la Generalidad continúen en Salamanca, considerándolo un robo, pues, como han escrito a menudo, «fueron tomados a sus legítimos propietarios contra su voluntad». Este argumento no se comprende bien, pues lo mismo podría estimarse de los documentos de los sindicatos asturianos, de los partidos andaluces, de las prisiones madrileñas, de las tropas aragonesas, o de cualquier otra combinación.
   Pero no es a la lógica donde hay que acudir en busca de una explicación, sino a la política. En agosto de 2002 el director del Arxiu Nacional de Catalunya, Josep M. Sans Travé, volvió a denunciar lo que considera un expolio a Cataluña, resumiendo la negativa del Gobierno Aznar a romper la unidad de archivo con esta curiosa afirmación:     «España actúa como país colonizador».
   Eso lo explica todo. De esa concepción fraudulenta que hace de la guerra en Cataluña no una guerra civil sino una invasión de un país extranjero, nace el absurdo de que la documentación en cuestión sea considerada un botín de guerra que debería ser restituido.
   Quizá sería exigible a nuestros políticos, de no importa qué partido, que tuviesen esto en cuenta a la hora de discutir y decidir sobre algo que debería ser juzgado solamente mediante criterios de lógica y utilidad para los profesionales de la Historia. Porque, de lo contrario, quizá también debieran ser enviados documentos del Archivo de Indias de Sevilla o del de Simancas a cada una de las provincias relacionadas con ellos.
 Aunque lo más importante es tener presente que, de ceder a la poco sostenible reclamación nacionalista, se estaría admitiendo la aberración de que la Guerra Civil de 1936-39 fue una guerra de España contra Cataluña y el País Vasco.
   Treinta años después de la muerte de Franco, ¿no habrá llegado ya la hora de poder empezar a hablar, discutir libremente y denunciar sin complejos todas estas mentiras de los nacionalismos que tan graves efectos han tenido y, lamentablemente, parece que van a seguir teniendo en el futuro?

Catadura política



Catadura política
Por Jordi Gracia, profesor de Literatura Española en la Universidad de Barcelona (EL PAIS, 09/11/04):
En un texto publicado en 1938, Ortega deja sobrentendida, muy sutilmente, su preferencia por el bando franquista. En su correspondencia privada del mismo año no hay sobrentendido alguno y se decanta por la victoria de Franco, aunque sepa que esa victoria no será la suya, la de Ortega, ni la de sus amigos liberales también exiliados (Marañón, Pérez de Ayala, etcétera), pero la entiende como la elección más benigna en medio del desastre. Antonio Machado no se exilia ni renuncia a respaldar a la República, al igual que había hecho ya en 1931, cuando es presidente honorífico de la Agrupación al Servicio de la República, promovida por Ortega, Marañón y Pérez de Ayala. En 1936, Machado fue el único de los cuatro que se mantuvo fiel a la legalidad, y escribe en Hora de España, escribe su Juan de Mairena y no calla sus convicciones (ni su falta de fe en las palabras cuando estallan las granadas). Marañón y Pérez de Ayala también actuaron públicamente, pero como destacados propagandistas de Franco (antes de la victoria). Y lo hicieron con su nombre y sin esconderse, desde 1938, aunque no fuesen fascistas ni tan siquiera franquistas; pero optaron clara y rotundamente por la victoria de ese bando. En un artículo reciente, Catadura moral (EL PAÍS, 21-10-2004), Javier Tusell se pregunta, a propósito de mi libro La resistencia silenciosa, sobre los límites de la condena de ese comportamiento, pero no veo otra salida que la condena de una decisión política equivocada. El caudal de matices que exige ese tiempo no ha de desdibujar los trazos de fondo y, desde luego, el esfuerzo de entender esa elección, y en esas circunstancias no puede servir de coartada moral para un error político: al contrario, la amargura que entraña exige un esfuerzo complementario para aceptar la incoherencia entre una trayectoria liberal innegable y la decisión de respaldar a un militar que lleva detrás a la España menos recomendable. A otros también liberales y demócratas les asaltó el mismo drama y acertaron mejor al decidir en qué lado se ponían (a pesar del miedo, a pesar de la edad). El juicio condenatorio no es moral; el juicio es político.
Y es sin duda complicado explicar la decisión de un cierto tipo de liberalismo, en el que se reconocen algunos otros nombres mayores de nuestra cultura contemporánea; por ejemplo, Baroja, o Azorín, o Menéndez Pidal. Y es que quizás ese modo de actuar ilumina algo de la debilidad de la razón liberal conservadora ante situaciones dramáticas o, si se quiere, su vulnerabilidad ante extremismos radicales como los que impone una guerra. Parece preferir la protección de un sistema de valores de clase y, por tanto, ideológico, antes que el respeto por el sistema democrático y sus consecuencias. Adopta una decisión de clase que los enfrenta a quienes pueden temer también los desmanes de la revolución anarquista y comunista, pero creen prioritaria la defensa de un orden constitucional y democrático asaltado por un general y sus aliados políticos. Por eso no cuesta nada, ni hay que andar con muchos remilgos, para explicar la elección de bando de Juan Ramón, de Cernuda, de Américo Castro o de Salinas. Es simplemente más coherente con lo que habían sido antes de la guerra y no producen la sorpresa, el desasosiego (o el desánimo) que causa la opción de los otros. Igual no es una capitulación en toda regla, la de los maestros, quizá no, pero sí lo fue durante la guerra, cuando se sienten mejor protegidos en la coalición de derechas tradicionalistas, fascistas y muy reaccionarias que respaldan a Franco.
Pero sigue siendo verdad que no se sienten a gusto, y recelan profundamente de la barbarie que va a llegar cuando ganen los suyos, y hasta temen con razón las represalias de la victoria de su bando (como efectivamente sucede). Sin embargo, optan por ese bando, y los casos de Marañón y de Pérez de Ayala son mucho más sangrantes que el de Ortega, pero deberían servirnos para determinar las formas que experimenta la tentación autoritaria, que casi siempre sabe que no resolverá nada convincentemente, pero que sin embargo a veces y a algunos, y en algunas circunstancias, les resulta irrenunciable, como sucede con Marañón, con Baroja, etcétera. Esa condena política me parece necesaria, y la paradoja mayor de todo reside en que, a pesar de eso y contra lo que decidieron apoyar ellos mismos en la guerra, su presencia, su memoria, su subsistencia y hasta su ejemplo intelectual contribuyeron a la resurrección de una tradición que actuaba sin ruido y sin demasiadas oportunidades porque ni la dejaban ni podía tampoco tenerlas en el contexto de un Estado fascista. No fueron protagonistas de una resistencia silenciosa, pero fueron piezas irrenunciables de su subsistencia y maduración histórica. (Y me abstengo de comentar otros errores de lectura de Tusell que no me sé explicar, porque de Marías se trata en el libro, y con encomio, no aparece en ningún caso la noción de falangismo liberal; se distinguen las distintas fases del franquismo, desde su delirio fascista a su sumisión nacional-católica, y para nada se me ocurre tachar de liberales a los fascistas ni, desde luego, los maestros liberales merecen sólo un juicio “calificativo condenatorio”…, sino muchos más).
Extender la condena, por tanto, a la posguerra es otro cantar, y hay que andar con mucho más cuidado. Entre otras cosas porque nada es uniforme ni imperturbablemente estable y las posiciones de muchos escritores van variando a medida que el propio régimen se amolda a las nuevas circunstancias. Y la primera de todas será el curso de la segunda guerra hasta 1943 y el que toma ya entrado ese año hasta la derrota del eje (tanto cambió el régimen, en algunos puntos delicados, como que la Historia de la Segunda Guerra Mundial que publica Idea entre 1941 y 1948, con colaboradores como Manuel Aznar y aires oficiales, omite toda alusión a la propia División Azul). Cuando hablamos de resistencia a secas, sólo hay una, suele llevar la mayúscula y fue la que encarnaron los franceses que se opusieron a la invasión nazi (o, si quieren, la de un maquis masacrado en pocos años). Pero quizá pueda extenderse también esa denominación para aludir a la esforzada subsistencia que halló la razón liberal y racionalista tras la victora de Franco: resistir a la intoxicación del fascismo triunfante, a la revancha, al nacionalcatolicismo y la adulación al sistema con el fin de perpetuar algunas formas de pensamiento y escritura extremadamente maltratadas o directamente amenazadas de exterminio literal. Resistir en ese sentido, que creí ampliamente explicado en el libro, entiendo que es hacer lo que hace un personaje como Julián Marías, que escoge un asunto entonces caliente (la filosofía del padre Gratry) para doctorarse, y no lo consigue; resistir sin hacer demasiado ruido es ir escribiendo artículos intachablemente liberales en Ínsula (aunque a menudo algo sosos) y ensayar aquí y allá otras iniciativas que recuerden dónde está el sentido común y la razón de estirpe ilustrada. Y es con algo de esa gestualidad acobardada, o sumisa, como Marañón se distancia de su papel de propagandista de Franco en 1938 y restituye una parte de su demostrado buen sentido intentando ocuparse en sus Ensayos liberales (1946) de la convivencia entre Clarín y Menéndez Pelayo en el pasado (como nostalgia para el presente), o cuando Ortega cree poder mitigar el nacionalcatolicismo rampante de un régimen aún tatuado de rasgos fascistas, o cuando Azorín o Baroja siguen escribiendo un poco como siempre, amparándose en la edad y en que algunos de los nuevos jerarcas intelectuales del Estado y de Falange les piden precisamente eso, que sigan ahí y sigan haciendo moderadamente lo que llevan décadas haciendo. No hay falangismo liberal alguno ahí (ni en ningún otro sitio), pero sí es seguro que algunos de los antiguos fascistas presumidos de la guerra y la posguerra retoman las riendas de la cordura, de la tradición liberal y salen de su propio furor fascista, como hará en la década de los sesenta Torrente Ballester y ha aprendido a hacer algo antes un Dionisio Ridruejo. Habrán podido hacerlo con la ayuda de esa misma tradición que habían vapuleado, manipulado, deformado y, por fin también, reaprendido o resucitado o readoptado. Aquel repeluzno a lo infinito que aprendió Ridruejo me recuerda en otra clave el que relata el imborrable, sobrecogedor relato de Tadeusz Borowsky en Nuestro hogar es Auschwitz: “Me acuerdo de cómo me gustaba Platón. Hoy sé que mentía. Porque los objetos sensibles no son el reflejo de ninguna idea, sino el resultado del sudor y la sangre de los hombres”.

"Laicismo con capacidad de adherirse a una idea sin quedar prisionero de ella"





Pienso que, después de la transición, sigue haciendo falta un laicismo con capacidad de adherirse a una idea sin quedar prisionero de ella,

un laicismo como libertad ante la manía de idolatrar o de sacralizar,

un laicismo como moralidad humanista, alejado del dogmatismo y de las viscerales identidades colectivas;
pienso en la necesidad de superar las exigencias telúricas y reivindicar, en la línea de Norberto Bobbio, los valores fríos de la democracia -el ejercicio del voto, las formales garantías jurídicas, la observancia de las leyes y de las reglas, los principios lógicos-, sabiendo que son ellos los que permiten a los individuos de carne y hueso cultivar libre y personalmente sus propios valores y sentimientos calientes -la amistad, los afectos, el amor, las pasiones y las predilecciones de cualquier naturaleza-.

martes, 4 de diciembre de 2012

Ausencia



Ausencia
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 12 FEB 1998
El próximo sábado día 14 de febrero hará dos años del asesinato, por la barbarie etarra, del profesor Francisco Tomás y Valiente, en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid. Para recordar su persona y su obra, EL PAÍS - diario en el que el catedrático colaboraba habitualmente- ha pedido algunos artículos. El primero de ellos, al ex presidente de Gobierno Felipe González, que mantuvo hasta el final una profunda amistad con Tomás y Valiente.

«En ellas nos va la vida, la del Estado que necesitamos y la nuestra individual, porque cada vez que matan a un hombre en la calle (y esto no es una metáfora, como diría el cartero de Neruda) nos matan un poco a cada uno de nosotros».Francisco Tomás y Valiente.

EL PAÍS, 15 de febrero de 1996.
Era el eco de su voz al día siguiente de su asesinato. Era su mensaje a todos los ciudadanos amantes de la paz y de la libertad, una semana después de la muerte a manos de ETA de Fernando Múgica, hasta el día antes, última víctima de la locura criminal.
Pero han seguido, y ni siquiera me atrevo a recordar hoy que los últimos han sido el matrimonio sevillano Alberto y Ascensión, porque faltan varias fechas para que esto se publique.
He necesitado dos años para recordar a Paco Tomás sólo con dolor, superada la rabia. Dolor de ausencia del amigo porque, hasta el aliento final, nos dejaste tu pensamiento, tu palabra de hombre de Estado, de demócrata, de persona de bien.
Para su familia, para sus próximos en la amistad o en el afecto, la pérdida del ser querido es única, inconfundible, insustituible. Tomás y Valiente era capaz de sentir que la muerte de un hombre en la calle, de cualquier hombre, nos mata un poco a cada uno de nosotros. Esto es lo que ha calado en nuestra sociedad. Cientos de miles de ciudadanos salieron de sus casas para gritar contra ETA, tras su muerte. Su voz llegó al País Vasco: «ETA no, vascos sí». También ellos decidieron desde entonces ocupar ese espacio más allá del miedo. Algunos no lo entendieron entonces y siguen sin entenderlo ahora. Sin embargo, es la mejor oportunidad social y política para hacer las cosas bien. Sólo habría que seguir la estela de su tribuna en EL PAÍS para rendirle el tributo que se merece y enderezar el camino que se torció por pasiones mediáticas y electorales.
Porque, aunque cueste trabajo decirlo y creerlo, tal como se perciben las cosas, ETA sigue estando débil. Sus epígonos lo notan, se dividen y se enfrentan entre ellos. Son conscientes de su locura sin fin, sin objetivo alcanzable. Se refuerzan por nuestra torpeza, por la publicidad que les hacemos, por nuestra división como demócratas que perdemos el sentido del Estado. Matan, sí. Lo llevan haciendo décadas. Como decía Adolfo Suárez, matar es lo más fácil. Esto no supone fortaleza.

Después de las detenciones de la cúpula dirigente en Bidart, en el año 92, su fuerza se convirtió en su debilidad. Su estructura interna vertical, dictatorial, que ellos llaman «militar» fue penetrada y descubierta por las Fuerzas de Seguridad del Estado en coordinación con las francesas. Su estrategia para el año 92 les falló. Creían, en su locura, que la desaparición de las fronteras, más los acontecimientos de ese año, pondrían al Gobierno en situación de doblar la rodilla y ceder a su chantaje. Pensaban que los países de la Unión Europea sentirían la necesidad de «apretarnos» para resolver, como fuera, la situación de violencia que ellos generaban. Su apuesta criminal era dura y concreta en torno al año 92. Pero no sólo no lo lograron, sino que retrocedieron.
Como tenemos la memoria frágil, muchos comentaristas creen que estoy hablando en clave cuando recuerdo estas circunstancias, que hicieron del año siguiente, el 93, un año propicio para avanzar en la erradicación de esta plaga. Ellos, los terroristas, lo sabían (recuerden, como muestra, la carta de Urrusolo) y la sociedad española sentía que podían ser superados. Entonces no fue posible, y en el artículo póstumo de Francisco Tomás se apuntan algunas de las razones. Pero hoy lo es. Los socialistas estamos en la oposición y podemos facilitar la tarea, porque nunca haremos de este tema de Estado pasto de luchas partidistas. Como tampoco lo han hecho los convergentes.
Éste es el sentido de mis palabras de estos días, que vuelven a ser aciagos para todos, en los que crece el sentimiento cívico de que no podemos con ellos, en que se tiene la tentación de ceder al chantaje, con propuestas disparatadas para el Estado democrático.
Cuando oigo al ministro del Interior afirmar que no hay atajos en esta lucha contra el terror, creo que tiene razón. Ningún atajo nos llevará a la salida, en particular los que proponen reformas de las reglas que nos hemos dado los demócratas para que «quepan» los terroristas en ellas. Ni ETA ni HB aceptarán nunca normas democráticas. Han tenido, y tienen, multitud de ocasiones para hacerlo. ¿Alguien puede dar una sola razón, democrática, para que tengamos que aceptar sus pretensiones?
En el funeral por el asesinato del Magistrado del Tribunal Supremo Martínez Emperador -otro hombre de bien, además de hombre de Estado- pedí al señor Mayor Oreja que dejáramos todos de decir que cuando cesen los asesinatos todo es posible, o se puede hablar de diálogo con los violentos. Lo único que puede decirse con sentido es que nuestra esperanza, la de todos los que queremos vivir en paz y en libertad, es que ellos pierdan la esperanza de obtener ventajas políticas con sus acciones. Pero, unos y otros, seguimos insistiendo en abrir «vías» que sólo entienden como señales de debilidad. Y, lo que es más grave, sólo interpretan los asesinos y sus socios como ofertas de impunidad.
En sus manos está, piensan, cómo y cuándo deciden dejarlo. Mientras tanto siguen matando, extorsionando, dividiendo a los demócratas, abriendo grietas en los pactos antiterroristas y en las instituciones. Consiguen, incluso, desmoralizar a los que dan la cara, en primera línea, en la lucha contra el terror. Creen estar en posesión de las llaves de la cárcel, como mínimo, cuando dejen sus acciones. Es el mensaje equivocado que reciben de nosotros.
Sin embargo, en recuerdo de Paco Tomás hoy, y en recuerdo de miles de familias afectadas por el terror, siempre, constantemente, quiero decir a los ciudadanos que recuperen la esperanza, que podemos erradicarlos. Ahora, mejor que antes, con más posibilidades. Como diría mi profesor de Derecho Romano, lo afirmo «cognita causa». Sobre todo los terroristas saben que lo que digo es verdad. Lástima que sea uno de ellos, Soares Gamboa, quien nos lo recuerde, desde la cárcel y desde su conocimiento del fondo del problema.
Hagamos que pierdan toda esperanza. Recuperaremos la nuestra.

Aceptabilidad de la derrota



Aceptabilidad de la derrota
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 29 JUN 2007
Con frecuencia he defendido la idea de la aceptabilidad de la derrota como elemento esencial del funcionamiento democrático. La solía contraponer a la alternancia defendida por los más. Después he ido reflexionando en público sobre las actitudes de los que son incapaces de aceptar la derrota, afirmando lo fácil que resulta aceptar la victoria.
El paso del tiempo y la observación de los comportamientos me llevan a considerar más complejas las implicaciones de estas afirmaciones.

Sigo creyendo, con mi amigo A. Prezowsky, que la aceptabilidad de la derrota es más definitoria de la democracia que la alternancia. Ésta puede no producirse por la libre decisión de los ciudadanos, que, durante prolongados periodos de tiempo, pueden seguir prefiriendo una determinada opción política sobre la que constituiría la alternativa de poder, sin que esto reste un ápice de valor al funcionamiento de la democracia.

Sin embargo, si no se dan razonables condiciones de igualdad de oportunidades entre las opciones en juego, la derrota podría no ser aceptable de manera legítima y estaríamos poniendo en peligro la validez del sistema, porque se haría imposible el triunfo de la alternativa de poder y ésta tendría la tentación de romper ese sistema.

Insistiré en la razonable igualdad de oportunidades, para que los que ofrecen alternativas irreales o alejadas de las percepciones mayoritarias, es decir, para los que representan opciones minoritarias socialmente, no trasladen la escasez de sus apoyos a la desigualdad de oportunidades. O para que se comprenda que no existe nunca igualdad plena de oportunidades ni deja de existir una cierta dosis de juego sucio, que pese a todo no invalidan el juego.

La importancia para el funcionamiento de la democracia radica en la expectativa que se genera en el perdedor de la contienda. Perdieron pero podían haber ganado, lo que conlleva la posibilidad de conseguirlo en la próxima o en la siguiente. Esta expectativa mantiene al grupo dentro del juego, evita la tentación de ruptura y termina fortaleciendo y validando al propio sistema democrático.

Los elementos que constituyen la aceptabilidad de la derrota, o si lo prefieren la razonable igualdad de oportunidades de las fuerzas en presencia, son diversos, aunque algunos sean esenciales y otros más ligados a las circunstancias.

Una clara división de poderes, por ejemplo, es de los esenciales. Si el poder judicial actúa de manera sesgada en favor de una opción política, puede desequilibrar gravemente las oportunidades.

Lo mismo ocurre cuando los medios de comunicación no tienen un grado de pluralismo razonable y se concentran -exageradamente- en torno a una de las opciones en juego, o cuando se desequilibra dramáticamente la financiación de los partidos sin marco regulatorio que cree ciertos límites.

Entre las fuerzas en liza, las consideraciones sobre las derrotas se deslizan con frecuencia hacia la autojustificación. Es decir, se niegan a analizar sus propios fallos, sus carencias, para cargar sobre otros factores la derrota. Obviamente no me estoy refiriendo a esto, que no tiene nada que ver con la aceptabilidad de la derrota sino con la condición de malos perdedores. Y aquí empezaría la segunda reflexión.

Que la derrota sea aceptable no es lo mismo que los perdedores sean capaces de aceptar la derrota. He repetido en público, sin aclararlo, que lo difícil es aceptar la derrota, ya que la victoria siempre resulta aceptable, para añadir que a los auténticos demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota.

Además de aclarar las diferencias entre aceptabilidad y aceptación, intento destacar que a los demócratas, como a los buenos deportistas, se les conoce también por el uso que hacen de la victoria. Por su reacción y por su comportamiento a partir del triunfo.

Lo peculiar de esta aproximación es que cuando alguien no sabe perder las posibilidades de que tampoco sepa ganar son altísimas. Así, los políticos que no saben aceptar su derrota, cuando les llega el triunfo, hacen un uso abusivo del poder que obtienen. Se dice que se les sube el poder a la cabeza y pierden el sentido de la realidad o la dimensión de su propia estatura. Es bastante adecuado para definir los comportamientos de este tipo de personajes.

Rara vez las cosas ocurren por primera vez, aunque sea así en la experiencia personal de casi todos los seres humanos. Por eso hay tantos gobiernos "adanistas", que creen que todo lo que hacen, o lo que les pasa, es la primera vez que ocurre. Esto los lleva a pensar que están creando siempre ex novo, que están reinventando la res pública, hasta que se les viene encima el peso de la historia, con sus constantes sociales y su propio ritmo, con sus idas y venidas inevitables.

Me ha tocado vivir una época de grandes cambios. Seguramente los más rápidos y profundos de la historia contemporánea de nuestro país, pero también aquellos que cambiaron la realidad mundial en la frontera de 1989, con las consecuencias de la caída del Muro de Berlín y la revolución tecnológica que está tras la llamada globalización. Pero siempre me ha acompañado la convicción de que la condición humana tiene unas constantes que nos permiten ver a Cervantes o a Aristóteles como contemporáneos nuestros. Probablemente por eso fui siempre un reformista, no un revolucionario.
Mucho más en corto, como dicen al otro lado del Atlántico, las cosas que ocurren en nuestro país, o en los países hermanos de América, me dan la sensación de haberlas vivido ya.

Se trate de lo ocurrido con ETA, del comportamiento de los dirigentes del PP con este tema y con la derrota del 14 de marzo de 2004, o de las "refundaciones" nacionales en la otra orilla, siempre viene a mi mente la misma imagen: me parece haberlo visto ya. Una repetición de la película. Sin duda, noto también las variantes, casi siempre menores pero no siempre mejores o peores.
Me entristece pensar que los líderes crean que saben adónde van sin preocuparse de saber de dónde vienen.
Felipe González es ex presidente del Gobierno español.

El año que perdimos la virginidad



El año que perdimos la virginidad
JOAQUÍN LEGUINA 28 OCT 1983
La democracia es "el único sistema de convivencia civil que se ha inventado", afirma el autor de este artículo. "La tarea de consolidar este sistema le ha tocado a la izquierda". Sin embargo, "una parte de esa izquierda se niega al doloroso trance del desvirgue".
Cuando, en una noche casi primaveral del octubre pasado, Alfonso Guerra, de 42 años, anunció, con los ojos bien abiertos a que acostumbra, la llegada masiva de diputados socialistas al Parlamento de entre la gente nacida en la posguerra y llena de progresía acumulada en los interminables años del franquismo, pocos pensaron que iban a cruzar el Rubicón de su virginidad política y perder ésta para siempre. Y es que pasar de la oposición de los 100 años al Gobierno, como la vida en las películas de Bergman, no es camino de rosas.La losa aquella de 20 toneladas de granito quedaba definitivamente atada en su primaria calidad de roca. Los bien dispuestos a ocupar un cargo, lo encontraron con más o menos suerte; los más reticentes quedaron sin cargo, pero también sin referencias fijas. Los primeros, dispuestos a "cambiarlo todo", encontraron las resistencias del caso y, más que con "poderes fácticos" se dieron de bruces con la realidad del propio aparato de la Administración, con una sociedad resistente, como todas, a los experimentos y, sobre todo, con una economía pública en riesgo serio de quiebra, resultado de la no-política en los tiempos pasados.

Un cierto conformismo disfrazado de pesimismo, que a su vez se enmascara romo "optimismo y buena información", se apoderó de todos. De Marx no se sabe si quedará registrada alguna frase, pero la que estos jóvenes airados acaban de hacer buena, al menos provisionalmente, es aquella que reza: "El ser determina la conciencia". Al verlos (o vemos, si se quiere), uno tiene la sensación de que, más que enarbolar banderas para adquirir las tropas, son (o somos) gentes cogidas por un tropel de banderas ya inventadas. Su (nuestra) coherencia es la de la obviedad, y cuando se oye, viniendo de muy alto, "no hay política macroeconómica de derechas o de izquierdas", uno está por añadir: "¡De derechas!". Lo malo es que el déficit público no da para muchos malabarismos, ello es cierto. Del otro lado, desde quienes no quisieron mojarse el culo en este río, nadie se atreve a decir, aunque lo esté pensando: "Éste puede ser un Gobierno no tan bueno, pero es mío". Ocurre que sigue siendo antiestético hablar bien del Gobierno. A la tribu de los viejos progres de 1962 o de 1968 no le gusta, es obvio, cómo está organizada la sociedad, pero lo grave es que no les gusta la sociedad misma, no les gustó nunca. A quienes, viejos o recientes, se hallan en permanente "busca de autor", pululando entre la ecología y otros humanismos, nadie les va a convencer de que la cosa está tan mal que el Gobierno hace lo que tiene que hacer, y, sin embargo, a nadie se ha engañado o, dicho de otro modo, los engañados son quienes pensaban que al Estado y a la sociedad se les podía dar la vuelta como a las medias de cristal de nuestra infancia.
Nuestros progres no creen en la sociedad en la que viven, y es lógico. Tantos años diciendo: "Este país está muy bien para marcharse", y luego el país se pone a votar por la izquierda. La conclusión es clara: esa izquierda no puede ser la mía.
La pésima situación internacional, la entrada o no en la OTAN, el desempleo, las autonomías, el terrorismo; en fin, el bienestar entre los españoles, no van a resolverse con actitudes estéticas, que tienen más que ver con la buena conciencia que con la realidad de una nacion en crisis.
Ha tocado a la izquierda consolidar el único sistema de convivencia civil que se ha inventado: la democracia. Ocurre que una parte de esa izquierda se niega, y en su derecho está, al doloroso trance del desvirgue. El Estado, el Gobierno, son trenes lentos, llenos de carbonilla. Hay trenes de juguete más rápidos y limpios; sin embargo, se mueven tan sólo dentro de una habitación, mientras que los otros, pese a todo, acaban por llevar viajeros y mercancías hasta Venta de Baños.

Crisis
La ideología de izquierdas, cuya confusión ha sido proverbial en estos lares, se debate en su crisis más grande desde que los cañones se callaron en la primavera de 1939. De un lado están los restos de quienes creen en la vanguardia como fórmula; de otro, los que sustentan que la sociedad genera generosos y amplios movimientos y están atentos para acaudillarlos, y, en fin, quienes están en el poder ocupados en él día a día, sin tiempo de leer sino el periódico, especialmente subrayado en donde se les nombra.El capitalismo, entretanto, pasa por una crisis de garabatillo, sin que nadie parezca interesado en pensar si es posible su sustitución por otra tosa algo más agradable.
Desde la izquierda se critica al Gobierno sin demasiada convicción, como cumpliendo un trámite. Entre tanto, la derecha observa y calla, y menos mal, pues cuando habla suele dar miedo oírla.
Las leyes civiles, la enseñanza, el aborto, son recibidas en la sociedad como lo que son: avances obvios. Apenas provocan más susurros que ruidos a la derecha.
A un año vista de las elecciones sería cazurrismo, más que pesimismo histórico, el decir que "todo está peor", porque no es cierto. Simplemente hemos envejecido más de lo dispuesto por el calendario en los 365 días, y eso es siempre una mala noticia, que son las únicas, por cierto, destinadas a aparecer en los periódicos.
es presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid

Políticos y periodistas



Políticos y periodistas
JOAQUÍN LEGUINA 11 MAY 1982
En la larga etapa del tardofranquismo, periodistas y políticos demócratas, que por entonces alternaban el TOP, algunas cenas y discretas visitas al entorno europeo en olor de heroica clandestinidad, formaban un grupo abigarrado que, dejando a un lado las siempre indescífrables condiciones objetivas, hizo cuanto pudo, y bastante, por que España se convirtiera en el solar medianamente habitable que hoy empieza a ser, a pesar de las trancas y las barrancas que los herederos del carlismo servilón en sus dos ramas (golpista y etarra) ponen en el lento caminar de la nación. En la lógica esquelética y cruda del poder, bien que éste se escriba con minúscula, existían- entonces razones evidentes que, quizá por debajo del digno esfuerzo favorable a una convivencia que pudiera denomínarse tal, llevaban a ese matrimonio. Es claro que ni éstos ni aquéllos podían sobrevivir en la caja asfixiante de la dictadura; unos, porque poco podían pintar escribiendo al dictado; otros, porque sólo las urnas son su fuente de legitimación.Traspasado el río de las elecciones de 1977, y aun antes, ese matrimonio empieza a carecer de sentido para convertirse en una relación escasamente adulta, donde el sadomasoquismo impone su inexorable ley. La relación se autoalimenta; políticos y periodistas se vampirizan sin piedad a los ojos de todos, compiten por nimiedades a costa de degradar la vida pública. Ambos se necesitan, desprecian y maldicen. Elegidos en listas, por supuesto cerradas, persiguen con desesperación al columnista por mor de introducir su nombre en los papeles. No hay editorialista que no pontifique sobre los males de la patria con una novedosa fórmula de aquella, clásica ya, que se anunciaba: "Triunfe usted en sociedad hablando mal de todos". El terror de salir malparado en un editorial o suelto paraliza a quienes, por estar donde están, no pueden detener la bicicleta so pena de descalabrar con estrépito a la ciudadanía. El sagrado culto a la imagen, que, por otro lado, a nadie importa, excluidos los interesados, ha sustituido al seguro criterio y recto hacer, supuesta obligación de los políticos, cualquiera sea su color en el arco iris ideológico. En estos tiempos, las tormentas en la bañera, cuando no en recipientes más exiguos, suelen ser pauta común de comportamiento de la incorrectamente denominada, "clase política", ante la mirada burlona de quienes ofician de informar a lo que llaman, exageradamente, opinión pública. Cuando alguien atosiga y persigue a su cónyuge con ruegos y lamentos corre el riesgo de acabar, en tan tormentosos amores, azotado en el suelo, y cuando se producen situaciones de patio vecinal es porque alguien ejerce la miserable labor del chismorreo y no podrá quejarse cuando le llegue el turno de ser despellejado. La falta de autoestima acaba generando el desprecio de quienes, en pasillos y mentideros, asisten día a día a la exhibición de esas miserias. No es de extrañar, por tanto, la existencia de columnas de diario, perfectamente asimiladas, donde el tuteo, con dejes despectivos, es norma general, y el patronímico designa, sin excepción alguna, a los representantes del pueblo en todas las instancias del Estado. Periodistas y políticos, con su comedia del poder, ponen en evidencia, ante los peatones, su relación neurótica, degradante para los actuantes y además aburrida para quienes no tienen otra opción que contemplarla. Si, como parece, la labor de informar, con todas las comillas que se quiera, es necesaria, y la de ejercer la política, con las que corresponden, también, es Regado el momento de reclamar la mayoría de edad a tirios y troyanos para salir de un matrimonio depauperado, infantiloide e infeliz.
No se trata de recordar aquí la división de poderes: se pretende algo más simple, aunque sólo sea que los políticos dejen de darse codazos para salir en la foto y los informantes entierren el hacha del sadismo social, cuya máxima más agobiante es aquella que dice: "Una buena noticia no es noticia".

La población, a la hora del censo: la población mundial / 1



La población, a la hora del censo: la población mundial / 1
ISABEL AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 28 JUL 1981

La presentación de las primeras cifras del censo, relativas a la provincia de Madrid (véase EL PAIS del 14 de julio) ha inaugurado un período informativo sobre la población española.El Real Decreto 2.810/1980, de 14 de noviembre, ordena que el censo de población en España se efectúe con referencia al 1 de marzo de 1981. Se trata del noveno censo del siglo y su novedad consiste en que por primera vez, desde 1900 la fecha de referencia se trasladó del clásico 3 1 de diciembre. Con esta ocasión. se inicia hoy en nuestras columnas una serie de artículos sobre las poblaciones mundial y española.
Al, principio de nuestra era, la población del mundo debía oscilar entre 150 y trescientos millones de habitantes. Hay que esperar al siglo XVII para ver doblarse el efectivo; un siglo y medio después se había. doblado de nuevo. A partir de la última mitad del siglo XIX comienza la gran expansión demográfica: entre 1900 y 1960 la población mundial vuelve a doblarse, llegando a los 3.000 millones de habitantes. Según las últimas estimaciones de la ONU, al final de 1980 la humanidad contaba con 4.415 millones de miembros, de los cuáles 3.284 millones habitaban en países menos desarrollados. A la vista de las proyecciones de dicha organización, en los últimos cuarenta años del siglo actual la humanidad volverá a duplicar sus, efectivos, superando en el año 2000 los 6.000 millones de habitantes.
Se vive actualmente en una época histórica única respecto a la multiplicación de la especie humana; por primera vez, se tiene la sensación de que el propio desarrollo cuantitativo de esa especie llamada «hombre» puede ser un peligro para su propia supervivencia.
Al iniciarse la presente década, los parámetros básicos que marcan la evolución inmediata de la población eran los que recoge el cuadro I; sin embargo, se registra una clara desaceleración de las tasas de crecimiento mundiales. La población del mundo acaba de pasar por el cuarto de siglo de más rápido crecimiento de su. historia y parece adentrarse en una nueva fase de disminución constante en su fecundidad. Es preciso tener en cuenta que tasas de incremento decrecientes pueden dar lugar a crecimientos absolutos en aumento. De hecho, y según las previsiones citadas, en los veinte últimos años de este siglo la población mundial aumentará en 2.000 millones de habitantes.

Una dicotomía radical.
Se está ante una desaceleración de la tasa global de crecimiento de la población mundial cuyo punto de inflexión cabe situar en los años sesenta. ¿A qué se debe esta desaceleración en el ritmo de crecimiento de la población del mundo? Intentando responder a esta pregunta hay que ir más allá de los parámetros medios aplicados a una «población mundial» más o menos mítica, para identificar y situar en escena dos tipos de poblaciones con una estructura por edades y una dinámica-totalmente diferentes: las de los países menos desarrollados y las de los países desarrollados.
La proporción de personas menores de quince años en los países menos desarrollados supera el 40%; es decir, son poblaciones muy jóvenes, mientras que la proporción de personas mayores de 65 años no llega al 4%. El potencial de expansión que dicha estructura entraña se traduce en esa tasa de crecimiento anual del 2,2%, superior a la media mundial, del 1,8%.
Tales proporciones sobre el total son del 25% para los menores de quince años, y demás del 1 0%,para los mayores de 65 años, en las poblaciones de los países desarrollados; es decir, son poblaciones envejecidas, cuyo potencial de crecimiento implica una tasa anual inferior al 0,7%, muy por debajo de la media mundial citada (1,8%).
A grandes rasgos, se da una dicotomía radical entre esos dos bloques de población que ocupan la escena mundial, y que son diferentes por su magnitud e importancia relativas (75% y 25%, respectivamente, en la actualidad), diferentes por su estructura (poblaciones jóvenes en los países menos desarrollados, poblaciones envejecidas en los desarrollados) y, sobre todo, por su dinamismo y su potencial de expansión, sometidos, en una palabra, a dos regímenes demográficos totalmente diferentes.

Como resultado de estos ritmos demográficos tan distanciados, el peso de la población de los países menos desarrollados, que era del 67% a mitad del siglo, se prevé que alcance el 80% en el año 2.000; correlativamente, el de los países desarrollados disminuirá desde el 33% al 20% durante el mismo período.

Cambio en la distribución por continentes
Al mismo tiempo, el cambio en la distribución por continentes hará aumentar el peso de la población de Asia en el total mundial; del 55%, en 1950, al 58%, al final del siglo, mientras la vieja Europa disminuirá su importancia en la población mundial: desde el 16%, a mitad de siglo, al 11 %, en la actualidad, y al 8%, en el año 2000.
Pese a ese crecimiento absoluto, en las áreas menos desarrollada,-. se percibe una clara caída en sus tasas de crecimiento. Ahora bien, los países menos desarrollados no constituyen un espacio demográfico homogéneo, de tal manera que al identificar los países que están incidiendo en la desaceleración del crecimiento de la población mundial en curso, se observa que en más del 60% de estos países menos desarrollados la fecundidad sería todavía superior a la de los países occidentales antes de su transición demográfica. Así, pues, la ralentización del crecimiento demográfico mundial sería imputable principalmente a los países de mayor población, entre los cuales. el peso de China es considerable, junto al de otros grandes países como Brasil y la India.
Por su parte, en los países desarrollados, la tasa de crecimiento ha disminuido en un 441% desde la primera mitad de los sesenta a finales de los setenta (siete veces más que en el resto del mundo), como resultado también de la caída de la fecundidad.
La disminución de la fecundidad se inició prácticamente, en todos los países occidentales en 1964, y se ha acelerado desde el principio de los años setenta. Como consecuencia, la renovación de la población (que en las condiciones de mortalidad de estos países exige un promedio de 2,1 hijos por mujer) ya no resulta asegurada en la mitad de los países industriales., Incluso la población disminuye en varios países de Europa. Esta caída profunda de la fecundidad en los países desarrollados es el otro gran factor de novedad en el panorama demográfico actual del mundo. Sin duda. los países desarrollados han entrado en un nuevo régimen demográfico cuya característica primordial sería el control casi perfecto de la fecundidad por la pareja.

Crecimiento desigual
Se está, por lo dicho, ante una población mundial, creciendo cada vez más rápidamente en valor absoluto, pese a sus decrecientes tasas de incremento. En términos comparativos, este crecimiento es profundamente desigual-, mientras que un cierto número de países industriales (las dos Alemanias y Suecia serían los más llamativos) registran un crecimiento natural negativo -e índices de envejecimiento extra ordinariamente altos-, el conjunto de los países menos desarrollados muestran un cambio cualitativo a la baja. El peso demográfico de lo que hoy se denomina occidente tenderá inexorablemente a ser menos en términos relativos, con una población crecientemente debilitada en lo que a la edad se refiere. No es de extrañar, por tanto, que vuelvan a sonar voces en Europa a propósito del problema demográfico.

Isabel Agüero es estadística facultativa y Jefa de sección de Previsiones Demográficas del INE; Joaquín Leguina es doctor en Ciencias Económicas y Demografía, y Alberto Olano es economista especializado en Hacienda Pública y Demografía. Diego Ramos efectuó el proceso de datos


La población, a la hora del censo: la población española/2
ISABEL AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 29 JUL 1981
La población española actual supera, según las estimaciones más fundadas, los 37,5 millones de habitantes -la proyección más reciente (*), bajo la hipótesis de saldo migratorio nulo para los dos últimos años, cifra ya en 37.412.000 el número de españoles al comienzo de 1981-. La aportación del último censo, confirmando o rectificando esta estimación, resulta insoslayable.Durante el período 1961-1980 la población española se incrementó en 6,5 millones de personas; este crecimiento representa en cifras relativas un 21 % de la población inicial.
La dinámica poblacional de los últimos veinte años en España se ha caracterizado por una tasa bruta de mortalidad en torno a 8,5 fallecidos por mil habitantes; la tasa bruta de natalidad y, paralelamente, la de crecimiento natural no han dejado de descender en el período, perdiendo la primera más de cinco puntos por mil desde su cota más alta, en 1964; en cuanto a la tasa de. crecimiento poblacional por mil habitantes, ha seguido una evolución oscilante, reflejando estrechamente las fluctuaciones de la migración exterior.
La pirámide de la población española al inicio de 1981 muestra una población relativamente envejecida (el 10,5% de los españoles ha pasado del 65 aniversario), a causa, fundamentalmente, de la caída de la natalidad. En 1960, las personas con 65 años y más representaban el 8,2% de la población. A la altura de 1980 la media europea se sitúa todavía claramente por encima (12,3%).

La nupcialidad
El comportamiento de los españoles ante el matrimonio*, pese a la estabilidad de la tasa bruta en torno al siete por mil, ha variado sensiblemente en los últimos veinte años. En primer lugar, se constata una clara disminución de la edad media al matrimonio desde 1960: en los varones disminuye tres años, al pasar de 29,3 a 26,3 años, en 1978; en el caso de las mujeres, el rejuvenecimiento se cifra en 2,7 años, al adelantarse su edad media al matrimonio desde 26,4 a 23,7 años. La diferencia de edad entre los contrayentes, estimada en unos tres años, se mantiene sorprendentemente constante durante todo el período. Aun dentro del esquema tradicional (mayor edad de los va rones a la hora de contraer matrimonio y_edades de los cónyuges todavía elevadas respecto al modelo europeo), es obvio que la mayor precocidad en el matrimonio viene dada por una creciente mejora económica en la mayor parte del período y a un profundo cambio en las pautas de control de la natalidad, pues el retraso en la edad del matrimonio no es sino una forma primaria para reducir la fecundidad.
Sin embargo, en la evolución de la nupcialidad española el dato más relevante es la abrupta caída observada desde 1975. Antes de esta caída se pueden acotar otros dos subperíodos: 1961-1965 y 1974-1975, durante los cuales la situación del mercado matrimonial ha incidido de manera diferente en el comportamiento de los agentes. El primer lustro de los sesenta se caracteriza por unas cotas de nupcialidad decrecientes e irregulares. En el período siguiente un ramal al alza se extiende desde 1965 hasta -1973. La evolución decreciente, que se inicia en 1974, se acentúa intensamente a partir de 1975.

Dada la diferencia de edad al contraer matrimonio entre varones y mujeres de tres años por término medio, la llegada al mercado matrimonial de las generaciones menguadas por la falta de nacimientos durante la guerra ocasionó en el primer lustro de los sesenta un déficit de mujeres casaderas. Pero a partir de 1965 se produjo una situación ventajosa para el sexo masculino en el mercado matrimonial, influenciada además por las migraciones exteriores. Esta incidencia de las perturbaciones de la natalidad a raíz de la guerra sobre el mercado matrimonial de los años sesenta resulta un dato muy relevante de la nupcialidad en España.

La fecundidad
En la actual coyuntura demográfica española el rasgo más sorprendente viene dado por la aceleración súbita en la caída de todos los indicadores de natalidad y fecundidad durante los cuatro últimos años. Dicha aceleración arranca desde 1974 y se engarza en la caída lenta que venía observándose desde 1964, también en la mayor parte de los países de Europa con mayor intensidad. La cifra provisional de nacimientos para 1979 implica una tasa de natalidad del orden del 16,1 por mil, frente al 18,1 por mil observado en 1977, según la cifra definitiva de nacimientos, es decir, que la tasa de, natalidad habría perdido dos, puntos por mil en dos años y alcanzaría el nivel mínimo del siglo.
Pese a la espectacular caída de los últimos años, la fecundidad española está ciertamente por encima de la media observada en los países europeos, con los que tiende, sin embargo, a homologarse. Con el nivel de mortalidad alcanzado en estos países haría falta un promedio de 2,1 hijos por mujer para asegurar el reemplazamiento de las generaciones. La gran mayoría de los países en cuestión se sitúa por. debajo de dicho nivel. La tasa bruta de reproducción para España en .1979, reconstruida según la cifra provisional de nacimientos, implica un promedio de 2,3 hijos por mujer, es decir, que el reemplazamiento de las generaciones sigue asegurado y mucho más el crecimiento de la población.

La mortalidad
La lucha contra la muerte ha tenido un impacto de eficacia en España, que ha llevado a unas esperanzas de vida de 70,4 años en los varones y 76,2 en las mujeres en el año 1975. Entre 1960 y el citado 1975 se ganan tres años de vida media en los varones y cuatro años en las mujeres, ampliándose así la sobremortalidad masculina.
La elevada esperanza de vida, que coloca a España en situación comparable a Inglaterra y Francia, no debe confundir sobre la situación real de la sanidad española. En efecto, los altos niveles en el indicador de la mortalidad son debidos no sólo al indudable progreso sanitario, sino también a que en edades avanzadas las generaciones españolas actuales han sido más fuertemente seleccionadas por la mortalidad qua sus pares en Inglaterra y Francia. De ahí que comparando la mortalidad edad a edad España tiene una mortalidad inferior a partir de los cincuenta años y nítidamente superior en edades infantiles y juveniles.

Las migraciones
La medida de la extraordinaria intensidad de las migraciones interiores en nuestro país se pone de manifiesto al comprobar que, de las personas censadas en 1970 con diez o más años de edad, 4,5 millones habían cambiado de municipio de residen cia con relación a 1960; esta cifra representa el 19,4% de la población que seguía residiendo en el mismo municipio.
Según la encuesta de equipamiento y nivel cultural de las familias (INE, 1977), el número dé hogares migrantes en el período que va del 31 de diciembre de 1970 al 30 de abril de 1975 es de 480.716, que en términos relativos se sitúa en el 5,4% del total de hogares no migrantes.
En cuanto a la migración exterior, según estimaciones del Instituto Español de Emigración, el número de emigrantes con destino a países europeos se sitúa en tomo a 160.000 al año en los períodos 19162-1965-y 1969-1973, en los que nuestra migración exterior fue más intensa; en los años 1966-1967 y 1968, en los que se produjo una breve crisis en la industria europea, el número medio de salidas anuales descendió a 107.000. A partir de 1973, fecha del inicio de la crisis económica actual, el número de salidas al exterior se ha reducido drásticamente, pasando de 89.000, en 1974, a 3 1.000, en 1977.
La evolución de la migración exterior se traduce en términos de saldo migratorio de signo negativo hasta 1974; el año 1975 inicia un período de saldo migratorio positivo. Desde entonces no parece haberse producido, sin embargo, un retorno masivo de los emigrantes. En este punto, la aportación del censoactual de población resulta ya imprescindible.
En conclusión, durante el últimc lustro de los setenta se ha producido una ruptura en la evolución de las principales variables determinantes de la dinámica poblacional en España: disminución de la nupcialidad, caída abrupta de la fecundidad y cambio de signo del saldo migratorio exterior.

* GTE, Ministerio de Economía y Comercio, Población, activídady ocupación en España (proyección con horizonte 1995). Madrid, 1980. Además de los redactores de este artículo forman parte del GTE: Carmen de Miguel, Alvaro Espina y José Ramón Lorente, bajo la coordinación de Carlos Romero.


La población, a la hora del censo: el mercado de trabajo en los años setenta / y 3
ISABEL AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 30 JUL 1981
Los años setenta habrán jugado el papel de década-bisagra entre dos épocas de la historia económica de Occidente. La ruptura que desde 1974 separa dos períodos de la década a la vez introduce un incierto cuarto final de siglo en el que las pautas socioeconómicas anteriores discurren «a la deriva», lejos del estable asidero de su regularidad pasada, todavía sin modelo recién nacido capaz de «encajonarlas».Al comenzar los años setenta, la economía española, en sincronía con los techos más álgidos de crecimiento del capitalismo occidental, alcanzaba las más altas cotas de producción e inversión de aquella época «dorada» iniciada en 1959, durante la cual, el PIB creció a una tasa acumulativa anual del 7% en términos reales hasta 1974. La configuración y dinámica del mercado de trabajo, aunque ya atenazado por sus insuficiencias estructurales, respondían a la altísima coyuntura global del sistema económico.
Por parte de la oferta o población activa ocurren dos hechos significativos en la primera mitad de los setenta. Tal como se refleja en el perfil creciente de la tasa de actividad femenina, que aumentó 5,7 puntos porcentuales, se producía en ese lustro una incorporación masiva de la mujer española al mundo del trabajo, que se tradujo en un aumento de población activa femenina en 904.900 mujeres en los años 1970-1974.
A su vez, la evolución al alza que conoció la natalidad española desde la segunda mitad de los años cincuenta se repercutía en la llegada de generaciones cada vez más «crecidas» a la población potencialmente activa, incidiendo en la hinchazón de las entradas netas en actividad del período. Este efecto todavía perdura hoy acumulativamente, ya que si bien la natalidad flexiona a la baja desde 1964, lo hace muy suavemente hasta 1977. Así, pues, en contraste con la década de los sesenta, durante la cual la población activa tuvo un crecimiento muy limitado, por efecto de la transformación de la estructura por edades, al coincidir en período de vida activa las «muescas» centrales de la pirámide de población, la oferta de fuerza de trabajo resulta muy ampliada por el «roedor» de la demografía desde el primer lustro de los setenta.
En continuidad con los años sesenta, sin embargo, sigue funcionando otro regulador estructural del mercado de trabajo español: la emigración exterior, cuyo saldo global para el conjunto del período 1970-1975 cabe estimar en unas salidas netas anuales del orden de 183.000 personas, aunque a partir del último año se ha invertido definitivamente el signo de dicho saldo.

Una demanda "boyante"
La demanda de trabajo por parte del sistema productivo medida por la generación global de empleo se mantenía a un nivel altísimo, alcanzando una tasa de crecimiento acumulativo anual del 1,4%, ya que, a pesar de la caída del empleo agrícola a un ritmo anual' del 3,8%, el sector servicios mantenía una tasa de creación de empleo del 4,3% y la industria, del 2,9%.

Las pautas de evolución de la demanda constituyen el factor predominante de la dinámica del mercado de trabajo en la economía española, empujando al alza, casi en términos de eclosión durante este período, las tasas de actividad (es decir, la oferta), sobre todo femeninas, y arrastrándolas a la baja en el período siguiente.
La incidencia de la crisis económica sobre el mercado de trabajo se ha traducido en un ajuste drástico de la población activa al ciclo de empleo y, por consiguiente, al ciclo económico general. La oferta se ha ajustado a la demanda en el mercado de trabajo español con una alta elasticidad, a diferencia de otros países, en los que la población activa (sobre todo femenina) ha mostrado mucha mayor rigidez ante la crisis de empleo.
Durante los seis años posteriores a 1974, la población activa española apenas si ha aumentado en 53.600 activos, mientras que, según la evolución tendencia¡ a largo plazo, tendrían que haber entrado unos 862.000 activos en términos netos en el mercado de trabajo en dicho período. Este crecimiento «truncado» en unos 800.000 activos es suficientemente expresivo de la amortiguación que ha supuesto el desánimo en la magnitud del paro medido por la encuesta de población activa.

El ajuste tuvo lugar, sobre todo, en los dos primeros años de crisis, durante los cuales la población activa disminuyó en 225.000 activos y se efectuó principalmente a través de la flexión en dos puntos porcentuales de la tasa de actividad femenina entre 1974 y 1976. A partir de este último año, dicha tasa se ha estabilizado, sin duda por un efecto renta que ha impuesto un «suelo» infranqueable.
Tal vez ningún indicador resulta más significativo del «descalabro» en el mercado de trabajo a raíz de la crisis que esa caída del empleo a un ritmo anual del 1,2% en los años 1975-1979, en contraste con el crecimiento del período anterior. En cifras absolutas, el balance de la crisis, en términos de empleo, no es menos impresionante, pudiendo estimarse en 1.200.000 los puestos de trabajo perdidos en los últimos seis años.
Este resultado es coherente con la disminución del crecimiento del PIB, que se sitúa en una tasa acumulativa anual de 1,6% por término medio durante los seis años de crisis 1974-1979 frente al 7,1% durante el decenio anterior a la crisis. En otros términos, tomando como indicador del impacto de la crisis la relación entre las tasas de crecimiento del PIB en los dos períodos, dicha tasa se ha visto «cuarteada» (exactamente reducida al 22,5% de su cota anterior) por efecto de la crisis. Para el conjunto de los países de la OCDE, este indicador se mantiene en torno al 49%.
El desglose de la caída global de empleo desvela una caída, acelerada con la crisis, de la ocupación agrícola a una tasa anual del 5,8%, un ritmo lento de caída del empleo industrial y una fuerte desaceleración en la creación de empleo por parte del sector servicios, cuya incidencia sobre el paro podría ser mayor que la de aquella caída, por la importante participación en el empleo total del sector servicios.
Este hundimiento de la demanda coincide inoportunamente con la llegada de las generaciones «crecidas», antes mencionadas, a las puertas del mercado de trabajo, una «tierra de nadie» donde los jóvenes se debaten entre el desánimo y el paro.

Un paro masivo de crisis
Junto al «paro de crecimiento» que se incuba en la economía española desde el decenio de los sesenta, enraizado en su modelo mismo de crecimiento, a partir de 1974 hace eclosión un « paro de crisis» resultante de todos los estrangulamientos y rupturas acaecidos en el mercado de trabajo en el segundo lustro de los setenta.
La tasa deparo de 1974, próxima al 3%, se ha multiplicado más que por cuatro en los seis años posteriores. A la altura del cuarto trimestre de 1980 alcanzaba el 13,2% sobre la población activa de catorce y más años. Dicha tasa es más del doble de la tasa media estimada para el conjunto de los países de la OCDE, el mes de diciembre último, en las «perspectivas económicas» de este organismo.
Isabel Agüero es estadística facultativa y jefa de sección de Previsiones Demográficas del INE; Joaquín Leguina es doctor en Ciencias Económicas y Demografía; Alberto Olano es economista especializado en Hacienda Pública y Demografía. Diego Ramos efectuó el proceso de datos.


La gran caída de la natalidad
ISABEL AGUERO / JOAQUÍN LEGUINA / ALBERTO OLANO 2 DIC 1981
El Instituto Nacional de Estadística publicará en breve las cifras oficiales de población a nivel nacional y provincial, deducidas del último censo, efectuado el pasado mes de marzo. En raras ocasiones los datos sobre población trascienden a la opinión pública como noticia de tal alcance. La razón es ahora, y refiriéndose a los últimos cinco años la caída, sin precedentes, de la natalidad española.
A la vista de los resultados censales, la población española alcanzará los 38 millones de habitantes exactamente a finales del presente año 1981. Ahora bien: la dinámica de nuestra población desde el censo anterior (1970) ha sido particularmente accidentada por los cambios que han sufrido todas las variables demográficas básicas. En efecto, desde mediados de los setenta se produce una disminución brusca de la fecundidad y de la nupcialidad, se invierte el signo del saldo migratorio exterior y se retraen o se invierten las corrientes migratorias interiores.La abrupta caída de la fecundidad, todavía hoy interrumpida, que se acelera desde 1977, constituye, sin duda, la característica dominante de la coyuntura demográfica actual. La cifra provisional de nacimientos para los tres primeros meses de este año implica una tasa de natalidad del orden del 13,8TU (bajo la hipótesis de una disminución uniforme en el resto del año), frente al 18, 111o observado en 1977, es decir, que la tasa de natalidad habría perdido más de cuatro puntos por mil en cinco años. Nuestra población registra la más baja fecundidad de su historia.

Evolución en Europa
Alrededor de 1964-1965 se produce en Europa una inflexión drástica de todos los indicadores de natalidad y fecundidad. El número medio de hijos por mujer experimenta una caída brusca e ininterrumpida hasta 1975, aproximadamente, en el conjunto de países europeos, excepto Irlanda y el área mediterránea. De esta forma, el nivel mínimo necesario para asegurar el remplazamiento de las generaciones (aproximadamente 2,1 hijos por mujer) no se alcanza ya durante el primer quinquenio de los años setenta e incluso antes.
Tras diez años de disminución ininterrumpida de la fecundidad, alrededor de 1975 se inicia una desaceleración de la caída. Durante la segunda mitad de la década, la baja fecundidad se estabiliza a niveles nunca alcanzados con anterioridad en tiempos de paz (1,38 hijos por mujer, en 1978 y 1979, en la República Federal de Alemania; 1,49, en 1978, en Suiza; 1,50 en Dinamarca). Durante los últimos anos se observan síntomas de una ligera e indecisa recuperación en algunos países (Alemania Occidental, Inglaterra, Francia, Austria ... ), sin que pueda afirmarse, por el momento, que la tendencia reciente al alza de la fecundidad sea predominante en la mayoría de los países europeos.

Area mediterránea
Por su parte, en los países del área mediterránea la fecundidad también decrece desde 1965, aunque lentamente hasta bien entrados los años setenta. La aceleración de la caída de su fecundidad no se produce hasta muy avanzada la década. En Italia, la caída acelerada, que se inicia en 1974 (2,32 hijos por mujer), continuaba al terminar el año 1979 (1,65 hijos por mujer); los datos más recientes hacen pensar en una interrupción de la caída.
Tres años más tarde, España y Portugal conocen simultáneamente una paralela baja en la fecundidad. En el caso de España, la fuerte caída, todavía hoy ininterrumpida, arranca de la segunda mitad de 1977 (2,66 hijos por mujer) hasta alcanzar el nivel mínimo de renovación de las generaciones (2,1 hijos por mujer) a finales de 1980. Es necesario precisar, sin embargo, que un nivel de fecundidad inferior a 2,1 hijos por mujer no implica que la población a corto plazo disminuya, pero, de mantenerse, inexcusablemente acabaría disminuyendo y, en todo caso, acelera el envejecimiento de la pirámide poblacional.
Franqueado este umbral durante 1981, nada hace esperar una interrupción de la caída en los próximos años. Tomando como referencia la evolución observada en Italia, parece probable la prolongación del descenso hasta un nivel próximo a 1,65 hijos por mujer durante la primera mitad de la presente década.
Así pues, los países del área mediterránea, y entre ellos. España, se incorporan con un desfase temporal variable a la situación de débil fecundidad común hoy en toda Europa occidental.

La medida y la interpretación
Los indicadores utilizados hasta aquí (véase cuadro) responden a una concepción sincrónica o transversal, es decir, los 2,16 hijos por mujer en 1980 no quiere decir sino que una mujer sujeta a las tasas españolas de fecundidad de 1980, y en ausencia de mortalidad, tendría 2,16 hijos a lo largo de su vida fecunda. La evolución de estos índices depende de cambios en el calendario (podría ocurrir simplemente que las parejas estuviesen «aplazando» el momento de tener sus hijos), pero ello no es así en el caso español (la edad media de las madres aún no ha aumentado), donde el hecho fundamental es el siguiente: al final de su vida fértil, las generaciones de mujeres hoy fecundas tendrán menos hijos.
El estrecho paralelismo en la evolución de la fecundidad en los distintos países europeos lleva a una reflexión. En efecto: si por encima de las diversas reglamentaciones en materia de divorcio, aborto o utilización de medios anticonceptivos, de las diferentes confesiones religiosas predominantes, de las distintas políticas sociales y familiares, de las coyunturas políticas o económicas relativamente variadas.... las mismas causas han podido producir los mismos efectos, o muy similares, es que las diferencias nacionales eran secundarias respecto a esa hipotética y profunda causa común. O bien, lo cual no es desechable, ocurre que las diferencias entre los países son menos importantes respecto a la fecundidad de lo que comúnmente se suele escribir.
En los países en donde se han conseguido cotas altas en el control de la natalidad aparecen claros movimientos cíclicos, de cuya explicación se han ocupado algunos demógrafos en los últimos tiempos; a decir verdad, con esquemas más bien rudimentarios. Sin embargo, en el caso de España, esta caída más parece un salto cualitativo hacia la utilización social de los modernos métodos anticonceptivos, acompañado de una baja cíclica provocada por el «exceso» de población en el inicio de las edades fecundas y una coyuntura económica especialmente difícil para los segmentos de población en edades jóvenes, lo que refuerza el mentado ciclo depresivo.
Isabel Agüero es estadística facultativa y jefa de sección de previsiones demográficas del INE. - Joaquín Leguina es estadístico facultativo. Doctor en Ciencias Económicas y Demografía. Alberto Olano es economista especializado en Hacienda Pública y Demografía