jueves, 6 de diciembre de 2012

¿Se podría haber evitado la Guerra Civil?



¿Se podría haber evitado la Guerra Civil?
STANLEY G. PAYNE
El 18 de julio es la fecha más trágica de la Historia contemporánea de España y sus efectos persisten de alguna manera en el siglo XXI. En años recientes se ha despertado el interés por el género de la historia contrafactual, es decir, el análisis de los escenarios o las consecuencias posibles de los grandes acontecimientos históricos si hubiese sucedido algo distinto a lo que realmente ocurrió.Aplicado al estallido de la Guerra Civil española, esto plantearía la pregunta de cómo se podría haber evitado semejante catástrofe.
Cuando se restauró la democracia en 1977, la preocupación de las principales fuerzas era evitar un futuro desastre mediante la consecución de un amplio consenso democrático. Sin embargo, este objetivo no pudo alcanzarse en 1936, en primer lugar debido a la profunda polarización entre la derecha y la izquierda y en segundo lugar porque los demócratas liberales del centro de la República -las únicas fuerzas que en realidad buscaron un consenso democrático- quedaron eclipsadas.
Las fuerzas del centrorepublicano se encontraban gravemente debilitadas por divisiones internas y pequeños escándalos -escándalos de ninguna manera comparables a la enorme corrupción de la época de Felipe González- y fueron prácticamente eliminadas en las elecciones polarizadas de febrero de 1936. Como obtener un consenso amplio era, por tanto, imposible, la interrogante contrafactual es en realidad si se pudieron haber adoptado medidas o mecanismos políticos prácticos que hubieran evitado el desastre.
El examen de las complejidades de la situación política durante la primavera y el principio del verano de 1936 arroja dos alternativas prácticas. Una habría sido un Gobierno de izquierda mucho más fuerte y autoritario, una administración casi revolucionaria que simplemente habría aplastado a la derecha, lo que habría hecho imposible cualquier rebelión contra sus políticas arbitrarias.La segunda habría sido la formación de un Gobierno de unidad republicano más moderado, aunque más amplio, entre el centro izquierda y de centro, ofreciéndose así una alternativa más moderada y conciliatoria que por un lado habría contenido a la izquierda revolucionaria y por otro habría conciliado a la derecha.
El principal obstáculo de este escenario particular lo constituían el carácter y las divisiones internas de la izquierda española. Los desacuerdos entre la izquierda republicana y los socialistas habían contribuido al desastre electoral de la izquierda en 1933 y lo que al final se conoció como el Frente Popular fue la fórmula de la alianza que obtuvo una victoria contundente en las elecciones de 1936.
El Frente Popular, sin embargo, entrañaba contradicciones intrínsecas entre los republicanos de izquierda de Azaña y los partidos obreros, que en aquel entonces estaban en buena parte orientados hacia la revolución.
Los republicanos de izquierda habían adoptado en 1934 una especie de programa socialdemócrata, pero rechazaban la revolución colectivista. Su utopía seguía siendo una república de izquierda, anticlerical y anticatólica, si bien basada en la propiedad privada. Pero como los republicanos de izquierda no podían movilizar más del 20% del voto, esta utopía no podría realizarse sin el apoyo de la izquierda obrera. Dada esta división fundamental entre la izquierda anticolectivista de clase media de Azaña y los partidos obreros, la primera opción antes esbozada -un Gobierno fuerte con una izquierda unida que habría dominado y controlado completamente la escena política-, no era posible.
Largo Caballero y el sector ultrarrevolucionario de los socialistas insistían en que Azaña debía gobernar en minoría con los republicanos de izquierda y, hasta cierto punto, con el apoyo de los partidos obreros, lo que era intrínsecamente un plan sin consistencia y se convirtió en la fórmula del desastre.
El Gobierno de Azaña, creado el 19 de febrero de 1936, se fundamentaba en una especie de apuesta que implicaba un riesgo calculado, pero cuyas probabilidades de éxito no habían sido bien estimadas.
Por un lado, Azaña y sus correligionarios estaban decididos a imponer su utopía anticatólica progresista de clase media, objetivo que descartaba cualquier compromiso con la derecha, pero sólo podían hacerlo con el apoyo de los partidos obreros. Sin embargo, la izquierda republicana no compartía los objetivos revolucionarios de los partidos obreros.
Por tanto, Azaña apostó a que éstos estarían dispuestos a apoyar el reformismo republicano socialdemócrata de la izquierda de clase media, al tiempo que renunciarían lenta aunque ininterrumpidamente a la revolución.
Era una apuesta que muy pronto comenzaron a perder, pues poco después de las elecciones los miembros de los sindicatos obreros y de otras organizaciones obreras reanudaron el proceso revolucionario de 1934.
Esto trajo consigo la celebración de huelgas generalizadas que planteaban demandas extremas, la confiscación ilegal y protorrevolucionaria de tierras, la destrucción de iglesias bienes de la Iglesia, el embargo de edificios de la Iglesia, la destrucción de propiedades rurales y la violencia política generalizada. En mayo este proceso había comenzado a atemorizar incluso a la izquierda republicana, pero Azaña y sus colegas persistieron en su apuesta, con la esperanza de que el reformismo prevalecería y que la marea prerrevolucionaria iba a decrecer.
Pero a la vez debieron admitir que quizá esto no iba a suceder, lo que explica su renuencia a purgar el cuerpo de oficiales del Ejército, pues si la ofensiva de los trabajadores se descontrolaba, el Ejército sería la principal defensa del Gobierno. Aunque el Frente Popular se había formado bajo el lema de pas d'ennemis à gauche, a la larga la extrema izquierda se convirtió en motivo de gran preocupación para los gobiernos de Azaña y Casares Quiroga, aunque nunca lo reconocieron públicamente.
La instauración del Gobierno autoritario que exigían los revolucionarios habría significado el fin de sus esperanzas, y de ahí que Juan Marichal, uno de los principales especialistas en Azaña, haya escrito que cuando éste alcanzó la Presidencia de la República en mayo de 1936, le preocupaba más el peligro de la izquierda revolucionaria que la derecha radical.
Como la izquierda republicana rechazaba la creación de un Gobierno revolucionario de izquierda con plenos poderes, la única alternativa viable era un Gobierno de coalición republicano más fuerte y amplio. Se debatieron varios planes para tal alternativa desde el comienzo de las sesiones regulares de las Cortes, en abril, hasta la noche del 18 al 19 de julio, cuando Diego Martínez Barrio realizó un último intento desesperado.
En un momento dado, los planes y las conjeturas para la formación de esta coalición iban desde recurrir a la izquierda para incluir a los socialistas o a la derecha para integrar al sector liberal de izquierda de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas).
Las más persistentes conjeturas no preocupaban tanto a la coalición panrepublicana como la posibilidad de restablecer la alianza que la izquierda republicana y los socialistas crearon entre 1932 y 1933 bajo el liderazgo de Indalecio Prieto.
Este, que se inclinaba más hacia la democracia social que hacia la revolución violenta, presentó propuestas concretas para la formación de un Gobierno más fuerte y resuelto, pero la participación socialista en el Gobierno se veía constante e implacablemente vetada por los caballeristas revolucionarios.
Los prietistas podrían haber dirigido un Gobierno de coalición, pero sólo a riesgo de provocar la escisión del PSOE, un riesgo que se negaron a correr a pesar de que las divisiones internas del Partido Socialista ya eran muy profundas.
No obstante, las conjeturas sobre la formación de algún tipo de Gobierno de coalición amplio dirigido por Prieto continuaron hasta junio.
Felipe Sánchez Román, el más moderado de los líderes de la izquierda republicana (que se habían negado a integrarse en el Frente Popular debido asus profundas contradicciones) y una de las figuras a quien Azaña más admiraba, presentó una propuesta distinta.En una reunión de su diminuto Partido Nacional Republicano celebrada el 25 de mayo, Sánchez Román propuso crear una nueva coalición de todos los partidos dispuestos a apoyar firmemente la Constitución republicana y el orden público. Propuso incluir a todos los republicanos centristas, así como a los socialistas, siempre y cuando estuvieran dispuestos a renunciar a la violencia y a la revolución, lo que, tal como observó Sánchez Román, no era probable.
Un Gobierno de estas características actuaría contra todas las milicias políticas, tanto de izquierda como de derecha, y velaría por el cumplimiento estricto de la Constitución. Esta petición fue ignorada totalmente por su amigo Azaña quien, pese a estar profundamente preocupado, de todos modos prefería seguir apostando por la izquierda revolucionaria.
Miguel Maura, uno de los fundadores de la República y de los pocos líderes que quedaban del centro republicano liberal democrático, publicó una serie de artículos en El Sol, principal periódico republicano de Madrid, en los últimos días de junio. En ellos llegó a la conclusión de que la situación se había degenerado tanto que la única esperanza de salvación era una «dictadura nacional republicana» constitucionalista, un Gobierno especial autorizado por el presidente de la República a legislar por decreto en casos de emergencia -como ocurría frecuentemente en Europa durante la crisis de la Gran Depresión-, para mantener el orden público de acuerdo a las normas de la Constitución. De esta manera se podría evitar el dilema de si la izquierda republicana iba a tener o no el valor de romper el compromiso revolucionario del Frente Popular para encarar la cuestión de vida o muerte de la republica constitucional misma.
Pero la propuesta fue ignorada, pues Azaña insistía en mantener el Frente Popular, siempre con la esperanza de que su apuesta aún podía imponerse.
Incluso después del macabro asesinato de Calvo Sotelo por policías y militantes socialistas y comunistas insubordinados, el Gobierno de la izquierda republicana se negó a hacer un solo gesto importante en defensa del orden público y del cumplimiento de la Constitución republicana, como tampoco hizo el menor esfuerzo por conciliar a una oposición golpeada. Azaña y Casares Quiroga se dieron cuenta de que esto provocaría una revuelta militar, pero supusieron que sólo sería una repetición de la débil Sanjurjada de 1932 que podría reprimirse fácilmente y que dejaría al Gobierno más fuerte que nunca. No comprendieron que una prueba tan espectacular de la ausencia de orden público iba a provocar una sublevación importante.
La noche del 18 al 19 de julio, cuando Azaña por fin lo comprendió, autorizó a Diego Martínez Barrio, el líder más moderado del Frente Popular, a formar un nuevo Gobierno de coalición con todos los partidos republicanos, que por primera vez iba a incorporar al centro republicano.
Martínez Barrio intentó establecer un amplio compromiso que posiblemente habría evitado la Guerra Civil, de haberse hecho antes, pero ya era demasiado tarde. Por definición, es imposible evitar algo una vez que ha comenzado a ocurrir.Por un lado, los militares rebeldes se negaron a llegar a ningún compromiso. Por otro, tanto los socialistas como la extrema izquierda republicana comenzaron a manifestarse contra el nuevo Gobierno de centro. Incluso sólo cinco días antes este plan habría tenido cierta posibilidad de éxito. Azaña había esperado demasiado y su apuesta por el Frente Popular -que nunca estudió seriamente- había fracasado.
El Frente Popular de febrero de 1936 sería reemplazado por un régimen revolucionario que iba a llevar adelante la revolución y luchar en una guerra civil total.
Stanley G. Payne es historiador, autor, entre otras obras, de El fascismo y El régimen de Franco.

El fraude de Salamanca



El fraude de Salamanca 
Jesús Laínz es abogado
Para nadie es un secreto que una de las piezas esenciales de la estrategia de los diversos partidos nacionalistas, de no importa qué región, es la perpetua falsificación histórica unida al victimismo con el que siguen presentándose como imprescriptibles víctimas del franquismo.
   Los efectos de esta falsificación histórica son bien conocidos por todos, y sería un error considerar que se circunscriben al limitado campo de la ciencia histórica. El más notorio e importante de estos efectos es la intoxicación ideológica en las aulas y los medios de comunicación con la que los nacionalismos han asegurado la perpetuación de su éxito político durante varias generaciones. Pero los aspectos más variados de la vida política nacional también se ven afectados por la intoxicación nacionalista.
   El último de ellos ha sido la discusión parlamentaria sobre la conveniencia o no de segregar el archivo que en Salamanca centraliza la documentación relativa a la Guerra Civil.
Dicho archivo acumula los documentos, de ambos bandos, que conservan para la posteridad una parte tan importante de la historia de España. Además de unificar tan ingente cantidad de documentos, continuamente se enriquece con nueva documentación llegada, sobre todo de los países en los que se concentró el exilio republicano.
Esta discusión, que en cualquier país ajeno a la paranoia nacionalista se vería limitada al campo de la utilidad y la economía, en España se convierte en un asunto espinoso, fuente de agravios y de acaloramiento. Y ello es debido a que lo que mueve a los diversos partidos nacionalistas, de izquierda y derecha ¬y, por contagio políticamente correcto, a sectores de otros partidos no nacionalistas, a exigir el envío a sus regiones de lo que ellos consideran patrimonio robado no es el interés por facilitar la investigación de los historiadores, sino la interpretación conscientemente maliciosa de la realidad histórica.
Porque los nacionalismos vasco y catalán llevan setenta años presentando lo que fue un enfrentamiento ideológico entre españoles de todas las regiones como una  guerra de agresión de España contra las naciones vasca y catalana. En los libros de texto que estudian hoy los escolares de dichas regiones se puede leer que sus «naciones» perdieron la Guerra Civil y fueron invadidas. En el País Vasco el efecto de esta «invasión» alucinada es que siguen saliendo hornadas de jóvenes descerebrados dispuestos a asesinar para conseguir la liberación de su patria oprimida por el ocupante español.
Y en Cataluña la manipulación no se queda corta. Además de los libros de texto con los que Pujol ha sembrado la cosecha electoral de ERC, existen páginas en internet en las que, por ejemplo, a los intelectuales y a otras personalidades catalanas que apoyaron al bando alzado, entre los cuales figuraban Eugenio D'Ors, Llorenç Riber, Salvador Dalí, Francesc Cambó, Federico Mompou, Joan Estelrich, Ramón d'Abadal, Josep Pla, Agustí Calvet, Llorenç Villalonga, Martín de Riquer, etc., se les califica como «ocupantes».
   El nacionalismo catalán considera un agravio que los documentos de la Generalidad continúen en Salamanca, considerándolo un robo, pues, como han escrito a menudo, «fueron tomados a sus legítimos propietarios contra su voluntad». Este argumento no se comprende bien, pues lo mismo podría estimarse de los documentos de los sindicatos asturianos, de los partidos andaluces, de las prisiones madrileñas, de las tropas aragonesas, o de cualquier otra combinación.
   Pero no es a la lógica donde hay que acudir en busca de una explicación, sino a la política. En agosto de 2002 el director del Arxiu Nacional de Catalunya, Josep M. Sans Travé, volvió a denunciar lo que considera un expolio a Cataluña, resumiendo la negativa del Gobierno Aznar a romper la unidad de archivo con esta curiosa afirmación:     «España actúa como país colonizador».
   Eso lo explica todo. De esa concepción fraudulenta que hace de la guerra en Cataluña no una guerra civil sino una invasión de un país extranjero, nace el absurdo de que la documentación en cuestión sea considerada un botín de guerra que debería ser restituido.
   Quizá sería exigible a nuestros políticos, de no importa qué partido, que tuviesen esto en cuenta a la hora de discutir y decidir sobre algo que debería ser juzgado solamente mediante criterios de lógica y utilidad para los profesionales de la Historia. Porque, de lo contrario, quizá también debieran ser enviados documentos del Archivo de Indias de Sevilla o del de Simancas a cada una de las provincias relacionadas con ellos.
 Aunque lo más importante es tener presente que, de ceder a la poco sostenible reclamación nacionalista, se estaría admitiendo la aberración de que la Guerra Civil de 1936-39 fue una guerra de España contra Cataluña y el País Vasco.
   Treinta años después de la muerte de Franco, ¿no habrá llegado ya la hora de poder empezar a hablar, discutir libremente y denunciar sin complejos todas estas mentiras de los nacionalismos que tan graves efectos han tenido y, lamentablemente, parece que van a seguir teniendo en el futuro?

Catadura política



Catadura política
Por Jordi Gracia, profesor de Literatura Española en la Universidad de Barcelona (EL PAIS, 09/11/04):
En un texto publicado en 1938, Ortega deja sobrentendida, muy sutilmente, su preferencia por el bando franquista. En su correspondencia privada del mismo año no hay sobrentendido alguno y se decanta por la victoria de Franco, aunque sepa que esa victoria no será la suya, la de Ortega, ni la de sus amigos liberales también exiliados (Marañón, Pérez de Ayala, etcétera), pero la entiende como la elección más benigna en medio del desastre. Antonio Machado no se exilia ni renuncia a respaldar a la República, al igual que había hecho ya en 1931, cuando es presidente honorífico de la Agrupación al Servicio de la República, promovida por Ortega, Marañón y Pérez de Ayala. En 1936, Machado fue el único de los cuatro que se mantuvo fiel a la legalidad, y escribe en Hora de España, escribe su Juan de Mairena y no calla sus convicciones (ni su falta de fe en las palabras cuando estallan las granadas). Marañón y Pérez de Ayala también actuaron públicamente, pero como destacados propagandistas de Franco (antes de la victoria). Y lo hicieron con su nombre y sin esconderse, desde 1938, aunque no fuesen fascistas ni tan siquiera franquistas; pero optaron clara y rotundamente por la victoria de ese bando. En un artículo reciente, Catadura moral (EL PAÍS, 21-10-2004), Javier Tusell se pregunta, a propósito de mi libro La resistencia silenciosa, sobre los límites de la condena de ese comportamiento, pero no veo otra salida que la condena de una decisión política equivocada. El caudal de matices que exige ese tiempo no ha de desdibujar los trazos de fondo y, desde luego, el esfuerzo de entender esa elección, y en esas circunstancias no puede servir de coartada moral para un error político: al contrario, la amargura que entraña exige un esfuerzo complementario para aceptar la incoherencia entre una trayectoria liberal innegable y la decisión de respaldar a un militar que lleva detrás a la España menos recomendable. A otros también liberales y demócratas les asaltó el mismo drama y acertaron mejor al decidir en qué lado se ponían (a pesar del miedo, a pesar de la edad). El juicio condenatorio no es moral; el juicio es político.
Y es sin duda complicado explicar la decisión de un cierto tipo de liberalismo, en el que se reconocen algunos otros nombres mayores de nuestra cultura contemporánea; por ejemplo, Baroja, o Azorín, o Menéndez Pidal. Y es que quizás ese modo de actuar ilumina algo de la debilidad de la razón liberal conservadora ante situaciones dramáticas o, si se quiere, su vulnerabilidad ante extremismos radicales como los que impone una guerra. Parece preferir la protección de un sistema de valores de clase y, por tanto, ideológico, antes que el respeto por el sistema democrático y sus consecuencias. Adopta una decisión de clase que los enfrenta a quienes pueden temer también los desmanes de la revolución anarquista y comunista, pero creen prioritaria la defensa de un orden constitucional y democrático asaltado por un general y sus aliados políticos. Por eso no cuesta nada, ni hay que andar con muchos remilgos, para explicar la elección de bando de Juan Ramón, de Cernuda, de Américo Castro o de Salinas. Es simplemente más coherente con lo que habían sido antes de la guerra y no producen la sorpresa, el desasosiego (o el desánimo) que causa la opción de los otros. Igual no es una capitulación en toda regla, la de los maestros, quizá no, pero sí lo fue durante la guerra, cuando se sienten mejor protegidos en la coalición de derechas tradicionalistas, fascistas y muy reaccionarias que respaldan a Franco.
Pero sigue siendo verdad que no se sienten a gusto, y recelan profundamente de la barbarie que va a llegar cuando ganen los suyos, y hasta temen con razón las represalias de la victoria de su bando (como efectivamente sucede). Sin embargo, optan por ese bando, y los casos de Marañón y de Pérez de Ayala son mucho más sangrantes que el de Ortega, pero deberían servirnos para determinar las formas que experimenta la tentación autoritaria, que casi siempre sabe que no resolverá nada convincentemente, pero que sin embargo a veces y a algunos, y en algunas circunstancias, les resulta irrenunciable, como sucede con Marañón, con Baroja, etcétera. Esa condena política me parece necesaria, y la paradoja mayor de todo reside en que, a pesar de eso y contra lo que decidieron apoyar ellos mismos en la guerra, su presencia, su memoria, su subsistencia y hasta su ejemplo intelectual contribuyeron a la resurrección de una tradición que actuaba sin ruido y sin demasiadas oportunidades porque ni la dejaban ni podía tampoco tenerlas en el contexto de un Estado fascista. No fueron protagonistas de una resistencia silenciosa, pero fueron piezas irrenunciables de su subsistencia y maduración histórica. (Y me abstengo de comentar otros errores de lectura de Tusell que no me sé explicar, porque de Marías se trata en el libro, y con encomio, no aparece en ningún caso la noción de falangismo liberal; se distinguen las distintas fases del franquismo, desde su delirio fascista a su sumisión nacional-católica, y para nada se me ocurre tachar de liberales a los fascistas ni, desde luego, los maestros liberales merecen sólo un juicio “calificativo condenatorio”…, sino muchos más).
Extender la condena, por tanto, a la posguerra es otro cantar, y hay que andar con mucho más cuidado. Entre otras cosas porque nada es uniforme ni imperturbablemente estable y las posiciones de muchos escritores van variando a medida que el propio régimen se amolda a las nuevas circunstancias. Y la primera de todas será el curso de la segunda guerra hasta 1943 y el que toma ya entrado ese año hasta la derrota del eje (tanto cambió el régimen, en algunos puntos delicados, como que la Historia de la Segunda Guerra Mundial que publica Idea entre 1941 y 1948, con colaboradores como Manuel Aznar y aires oficiales, omite toda alusión a la propia División Azul). Cuando hablamos de resistencia a secas, sólo hay una, suele llevar la mayúscula y fue la que encarnaron los franceses que se opusieron a la invasión nazi (o, si quieren, la de un maquis masacrado en pocos años). Pero quizá pueda extenderse también esa denominación para aludir a la esforzada subsistencia que halló la razón liberal y racionalista tras la victora de Franco: resistir a la intoxicación del fascismo triunfante, a la revancha, al nacionalcatolicismo y la adulación al sistema con el fin de perpetuar algunas formas de pensamiento y escritura extremadamente maltratadas o directamente amenazadas de exterminio literal. Resistir en ese sentido, que creí ampliamente explicado en el libro, entiendo que es hacer lo que hace un personaje como Julián Marías, que escoge un asunto entonces caliente (la filosofía del padre Gratry) para doctorarse, y no lo consigue; resistir sin hacer demasiado ruido es ir escribiendo artículos intachablemente liberales en Ínsula (aunque a menudo algo sosos) y ensayar aquí y allá otras iniciativas que recuerden dónde está el sentido común y la razón de estirpe ilustrada. Y es con algo de esa gestualidad acobardada, o sumisa, como Marañón se distancia de su papel de propagandista de Franco en 1938 y restituye una parte de su demostrado buen sentido intentando ocuparse en sus Ensayos liberales (1946) de la convivencia entre Clarín y Menéndez Pelayo en el pasado (como nostalgia para el presente), o cuando Ortega cree poder mitigar el nacionalcatolicismo rampante de un régimen aún tatuado de rasgos fascistas, o cuando Azorín o Baroja siguen escribiendo un poco como siempre, amparándose en la edad y en que algunos de los nuevos jerarcas intelectuales del Estado y de Falange les piden precisamente eso, que sigan ahí y sigan haciendo moderadamente lo que llevan décadas haciendo. No hay falangismo liberal alguno ahí (ni en ningún otro sitio), pero sí es seguro que algunos de los antiguos fascistas presumidos de la guerra y la posguerra retoman las riendas de la cordura, de la tradición liberal y salen de su propio furor fascista, como hará en la década de los sesenta Torrente Ballester y ha aprendido a hacer algo antes un Dionisio Ridruejo. Habrán podido hacerlo con la ayuda de esa misma tradición que habían vapuleado, manipulado, deformado y, por fin también, reaprendido o resucitado o readoptado. Aquel repeluzno a lo infinito que aprendió Ridruejo me recuerda en otra clave el que relata el imborrable, sobrecogedor relato de Tadeusz Borowsky en Nuestro hogar es Auschwitz: “Me acuerdo de cómo me gustaba Platón. Hoy sé que mentía. Porque los objetos sensibles no son el reflejo de ninguna idea, sino el resultado del sudor y la sangre de los hombres”.

"Laicismo con capacidad de adherirse a una idea sin quedar prisionero de ella"





Pienso que, después de la transición, sigue haciendo falta un laicismo con capacidad de adherirse a una idea sin quedar prisionero de ella,

un laicismo como libertad ante la manía de idolatrar o de sacralizar,

un laicismo como moralidad humanista, alejado del dogmatismo y de las viscerales identidades colectivas;
pienso en la necesidad de superar las exigencias telúricas y reivindicar, en la línea de Norberto Bobbio, los valores fríos de la democracia -el ejercicio del voto, las formales garantías jurídicas, la observancia de las leyes y de las reglas, los principios lógicos-, sabiendo que son ellos los que permiten a los individuos de carne y hueso cultivar libre y personalmente sus propios valores y sentimientos calientes -la amistad, los afectos, el amor, las pasiones y las predilecciones de cualquier naturaleza-.

martes, 4 de diciembre de 2012

Ausencia



Ausencia
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 12 FEB 1998
El próximo sábado día 14 de febrero hará dos años del asesinato, por la barbarie etarra, del profesor Francisco Tomás y Valiente, en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid. Para recordar su persona y su obra, EL PAÍS - diario en el que el catedrático colaboraba habitualmente- ha pedido algunos artículos. El primero de ellos, al ex presidente de Gobierno Felipe González, que mantuvo hasta el final una profunda amistad con Tomás y Valiente.

«En ellas nos va la vida, la del Estado que necesitamos y la nuestra individual, porque cada vez que matan a un hombre en la calle (y esto no es una metáfora, como diría el cartero de Neruda) nos matan un poco a cada uno de nosotros».Francisco Tomás y Valiente.

EL PAÍS, 15 de febrero de 1996.
Era el eco de su voz al día siguiente de su asesinato. Era su mensaje a todos los ciudadanos amantes de la paz y de la libertad, una semana después de la muerte a manos de ETA de Fernando Múgica, hasta el día antes, última víctima de la locura criminal.
Pero han seguido, y ni siquiera me atrevo a recordar hoy que los últimos han sido el matrimonio sevillano Alberto y Ascensión, porque faltan varias fechas para que esto se publique.
He necesitado dos años para recordar a Paco Tomás sólo con dolor, superada la rabia. Dolor de ausencia del amigo porque, hasta el aliento final, nos dejaste tu pensamiento, tu palabra de hombre de Estado, de demócrata, de persona de bien.
Para su familia, para sus próximos en la amistad o en el afecto, la pérdida del ser querido es única, inconfundible, insustituible. Tomás y Valiente era capaz de sentir que la muerte de un hombre en la calle, de cualquier hombre, nos mata un poco a cada uno de nosotros. Esto es lo que ha calado en nuestra sociedad. Cientos de miles de ciudadanos salieron de sus casas para gritar contra ETA, tras su muerte. Su voz llegó al País Vasco: «ETA no, vascos sí». También ellos decidieron desde entonces ocupar ese espacio más allá del miedo. Algunos no lo entendieron entonces y siguen sin entenderlo ahora. Sin embargo, es la mejor oportunidad social y política para hacer las cosas bien. Sólo habría que seguir la estela de su tribuna en EL PAÍS para rendirle el tributo que se merece y enderezar el camino que se torció por pasiones mediáticas y electorales.
Porque, aunque cueste trabajo decirlo y creerlo, tal como se perciben las cosas, ETA sigue estando débil. Sus epígonos lo notan, se dividen y se enfrentan entre ellos. Son conscientes de su locura sin fin, sin objetivo alcanzable. Se refuerzan por nuestra torpeza, por la publicidad que les hacemos, por nuestra división como demócratas que perdemos el sentido del Estado. Matan, sí. Lo llevan haciendo décadas. Como decía Adolfo Suárez, matar es lo más fácil. Esto no supone fortaleza.

Después de las detenciones de la cúpula dirigente en Bidart, en el año 92, su fuerza se convirtió en su debilidad. Su estructura interna vertical, dictatorial, que ellos llaman «militar» fue penetrada y descubierta por las Fuerzas de Seguridad del Estado en coordinación con las francesas. Su estrategia para el año 92 les falló. Creían, en su locura, que la desaparición de las fronteras, más los acontecimientos de ese año, pondrían al Gobierno en situación de doblar la rodilla y ceder a su chantaje. Pensaban que los países de la Unión Europea sentirían la necesidad de «apretarnos» para resolver, como fuera, la situación de violencia que ellos generaban. Su apuesta criminal era dura y concreta en torno al año 92. Pero no sólo no lo lograron, sino que retrocedieron.
Como tenemos la memoria frágil, muchos comentaristas creen que estoy hablando en clave cuando recuerdo estas circunstancias, que hicieron del año siguiente, el 93, un año propicio para avanzar en la erradicación de esta plaga. Ellos, los terroristas, lo sabían (recuerden, como muestra, la carta de Urrusolo) y la sociedad española sentía que podían ser superados. Entonces no fue posible, y en el artículo póstumo de Francisco Tomás se apuntan algunas de las razones. Pero hoy lo es. Los socialistas estamos en la oposición y podemos facilitar la tarea, porque nunca haremos de este tema de Estado pasto de luchas partidistas. Como tampoco lo han hecho los convergentes.
Éste es el sentido de mis palabras de estos días, que vuelven a ser aciagos para todos, en los que crece el sentimiento cívico de que no podemos con ellos, en que se tiene la tentación de ceder al chantaje, con propuestas disparatadas para el Estado democrático.
Cuando oigo al ministro del Interior afirmar que no hay atajos en esta lucha contra el terror, creo que tiene razón. Ningún atajo nos llevará a la salida, en particular los que proponen reformas de las reglas que nos hemos dado los demócratas para que «quepan» los terroristas en ellas. Ni ETA ni HB aceptarán nunca normas democráticas. Han tenido, y tienen, multitud de ocasiones para hacerlo. ¿Alguien puede dar una sola razón, democrática, para que tengamos que aceptar sus pretensiones?
En el funeral por el asesinato del Magistrado del Tribunal Supremo Martínez Emperador -otro hombre de bien, además de hombre de Estado- pedí al señor Mayor Oreja que dejáramos todos de decir que cuando cesen los asesinatos todo es posible, o se puede hablar de diálogo con los violentos. Lo único que puede decirse con sentido es que nuestra esperanza, la de todos los que queremos vivir en paz y en libertad, es que ellos pierdan la esperanza de obtener ventajas políticas con sus acciones. Pero, unos y otros, seguimos insistiendo en abrir «vías» que sólo entienden como señales de debilidad. Y, lo que es más grave, sólo interpretan los asesinos y sus socios como ofertas de impunidad.
En sus manos está, piensan, cómo y cuándo deciden dejarlo. Mientras tanto siguen matando, extorsionando, dividiendo a los demócratas, abriendo grietas en los pactos antiterroristas y en las instituciones. Consiguen, incluso, desmoralizar a los que dan la cara, en primera línea, en la lucha contra el terror. Creen estar en posesión de las llaves de la cárcel, como mínimo, cuando dejen sus acciones. Es el mensaje equivocado que reciben de nosotros.
Sin embargo, en recuerdo de Paco Tomás hoy, y en recuerdo de miles de familias afectadas por el terror, siempre, constantemente, quiero decir a los ciudadanos que recuperen la esperanza, que podemos erradicarlos. Ahora, mejor que antes, con más posibilidades. Como diría mi profesor de Derecho Romano, lo afirmo «cognita causa». Sobre todo los terroristas saben que lo que digo es verdad. Lástima que sea uno de ellos, Soares Gamboa, quien nos lo recuerde, desde la cárcel y desde su conocimiento del fondo del problema.
Hagamos que pierdan toda esperanza. Recuperaremos la nuestra.

Aceptabilidad de la derrota



Aceptabilidad de la derrota
FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ 29 JUN 2007
Con frecuencia he defendido la idea de la aceptabilidad de la derrota como elemento esencial del funcionamiento democrático. La solía contraponer a la alternancia defendida por los más. Después he ido reflexionando en público sobre las actitudes de los que son incapaces de aceptar la derrota, afirmando lo fácil que resulta aceptar la victoria.
El paso del tiempo y la observación de los comportamientos me llevan a considerar más complejas las implicaciones de estas afirmaciones.

Sigo creyendo, con mi amigo A. Prezowsky, que la aceptabilidad de la derrota es más definitoria de la democracia que la alternancia. Ésta puede no producirse por la libre decisión de los ciudadanos, que, durante prolongados periodos de tiempo, pueden seguir prefiriendo una determinada opción política sobre la que constituiría la alternativa de poder, sin que esto reste un ápice de valor al funcionamiento de la democracia.

Sin embargo, si no se dan razonables condiciones de igualdad de oportunidades entre las opciones en juego, la derrota podría no ser aceptable de manera legítima y estaríamos poniendo en peligro la validez del sistema, porque se haría imposible el triunfo de la alternativa de poder y ésta tendría la tentación de romper ese sistema.

Insistiré en la razonable igualdad de oportunidades, para que los que ofrecen alternativas irreales o alejadas de las percepciones mayoritarias, es decir, para los que representan opciones minoritarias socialmente, no trasladen la escasez de sus apoyos a la desigualdad de oportunidades. O para que se comprenda que no existe nunca igualdad plena de oportunidades ni deja de existir una cierta dosis de juego sucio, que pese a todo no invalidan el juego.

La importancia para el funcionamiento de la democracia radica en la expectativa que se genera en el perdedor de la contienda. Perdieron pero podían haber ganado, lo que conlleva la posibilidad de conseguirlo en la próxima o en la siguiente. Esta expectativa mantiene al grupo dentro del juego, evita la tentación de ruptura y termina fortaleciendo y validando al propio sistema democrático.

Los elementos que constituyen la aceptabilidad de la derrota, o si lo prefieren la razonable igualdad de oportunidades de las fuerzas en presencia, son diversos, aunque algunos sean esenciales y otros más ligados a las circunstancias.

Una clara división de poderes, por ejemplo, es de los esenciales. Si el poder judicial actúa de manera sesgada en favor de una opción política, puede desequilibrar gravemente las oportunidades.

Lo mismo ocurre cuando los medios de comunicación no tienen un grado de pluralismo razonable y se concentran -exageradamente- en torno a una de las opciones en juego, o cuando se desequilibra dramáticamente la financiación de los partidos sin marco regulatorio que cree ciertos límites.

Entre las fuerzas en liza, las consideraciones sobre las derrotas se deslizan con frecuencia hacia la autojustificación. Es decir, se niegan a analizar sus propios fallos, sus carencias, para cargar sobre otros factores la derrota. Obviamente no me estoy refiriendo a esto, que no tiene nada que ver con la aceptabilidad de la derrota sino con la condición de malos perdedores. Y aquí empezaría la segunda reflexión.

Que la derrota sea aceptable no es lo mismo que los perdedores sean capaces de aceptar la derrota. He repetido en público, sin aclararlo, que lo difícil es aceptar la derrota, ya que la victoria siempre resulta aceptable, para añadir que a los auténticos demócratas se les conoce por su capacidad para aceptar la derrota.

Además de aclarar las diferencias entre aceptabilidad y aceptación, intento destacar que a los demócratas, como a los buenos deportistas, se les conoce también por el uso que hacen de la victoria. Por su reacción y por su comportamiento a partir del triunfo.

Lo peculiar de esta aproximación es que cuando alguien no sabe perder las posibilidades de que tampoco sepa ganar son altísimas. Así, los políticos que no saben aceptar su derrota, cuando les llega el triunfo, hacen un uso abusivo del poder que obtienen. Se dice que se les sube el poder a la cabeza y pierden el sentido de la realidad o la dimensión de su propia estatura. Es bastante adecuado para definir los comportamientos de este tipo de personajes.

Rara vez las cosas ocurren por primera vez, aunque sea así en la experiencia personal de casi todos los seres humanos. Por eso hay tantos gobiernos "adanistas", que creen que todo lo que hacen, o lo que les pasa, es la primera vez que ocurre. Esto los lleva a pensar que están creando siempre ex novo, que están reinventando la res pública, hasta que se les viene encima el peso de la historia, con sus constantes sociales y su propio ritmo, con sus idas y venidas inevitables.

Me ha tocado vivir una época de grandes cambios. Seguramente los más rápidos y profundos de la historia contemporánea de nuestro país, pero también aquellos que cambiaron la realidad mundial en la frontera de 1989, con las consecuencias de la caída del Muro de Berlín y la revolución tecnológica que está tras la llamada globalización. Pero siempre me ha acompañado la convicción de que la condición humana tiene unas constantes que nos permiten ver a Cervantes o a Aristóteles como contemporáneos nuestros. Probablemente por eso fui siempre un reformista, no un revolucionario.
Mucho más en corto, como dicen al otro lado del Atlántico, las cosas que ocurren en nuestro país, o en los países hermanos de América, me dan la sensación de haberlas vivido ya.

Se trate de lo ocurrido con ETA, del comportamiento de los dirigentes del PP con este tema y con la derrota del 14 de marzo de 2004, o de las "refundaciones" nacionales en la otra orilla, siempre viene a mi mente la misma imagen: me parece haberlo visto ya. Una repetición de la película. Sin duda, noto también las variantes, casi siempre menores pero no siempre mejores o peores.
Me entristece pensar que los líderes crean que saben adónde van sin preocuparse de saber de dónde vienen.
Felipe González es ex presidente del Gobierno español.

El año que perdimos la virginidad



El año que perdimos la virginidad
JOAQUÍN LEGUINA 28 OCT 1983
La democracia es "el único sistema de convivencia civil que se ha inventado", afirma el autor de este artículo. "La tarea de consolidar este sistema le ha tocado a la izquierda". Sin embargo, "una parte de esa izquierda se niega al doloroso trance del desvirgue".
Cuando, en una noche casi primaveral del octubre pasado, Alfonso Guerra, de 42 años, anunció, con los ojos bien abiertos a que acostumbra, la llegada masiva de diputados socialistas al Parlamento de entre la gente nacida en la posguerra y llena de progresía acumulada en los interminables años del franquismo, pocos pensaron que iban a cruzar el Rubicón de su virginidad política y perder ésta para siempre. Y es que pasar de la oposición de los 100 años al Gobierno, como la vida en las películas de Bergman, no es camino de rosas.La losa aquella de 20 toneladas de granito quedaba definitivamente atada en su primaria calidad de roca. Los bien dispuestos a ocupar un cargo, lo encontraron con más o menos suerte; los más reticentes quedaron sin cargo, pero también sin referencias fijas. Los primeros, dispuestos a "cambiarlo todo", encontraron las resistencias del caso y, más que con "poderes fácticos" se dieron de bruces con la realidad del propio aparato de la Administración, con una sociedad resistente, como todas, a los experimentos y, sobre todo, con una economía pública en riesgo serio de quiebra, resultado de la no-política en los tiempos pasados.

Un cierto conformismo disfrazado de pesimismo, que a su vez se enmascara romo "optimismo y buena información", se apoderó de todos. De Marx no se sabe si quedará registrada alguna frase, pero la que estos jóvenes airados acaban de hacer buena, al menos provisionalmente, es aquella que reza: "El ser determina la conciencia". Al verlos (o vemos, si se quiere), uno tiene la sensación de que, más que enarbolar banderas para adquirir las tropas, son (o somos) gentes cogidas por un tropel de banderas ya inventadas. Su (nuestra) coherencia es la de la obviedad, y cuando se oye, viniendo de muy alto, "no hay política macroeconómica de derechas o de izquierdas", uno está por añadir: "¡De derechas!". Lo malo es que el déficit público no da para muchos malabarismos, ello es cierto. Del otro lado, desde quienes no quisieron mojarse el culo en este río, nadie se atreve a decir, aunque lo esté pensando: "Éste puede ser un Gobierno no tan bueno, pero es mío". Ocurre que sigue siendo antiestético hablar bien del Gobierno. A la tribu de los viejos progres de 1962 o de 1968 no le gusta, es obvio, cómo está organizada la sociedad, pero lo grave es que no les gusta la sociedad misma, no les gustó nunca. A quienes, viejos o recientes, se hallan en permanente "busca de autor", pululando entre la ecología y otros humanismos, nadie les va a convencer de que la cosa está tan mal que el Gobierno hace lo que tiene que hacer, y, sin embargo, a nadie se ha engañado o, dicho de otro modo, los engañados son quienes pensaban que al Estado y a la sociedad se les podía dar la vuelta como a las medias de cristal de nuestra infancia.
Nuestros progres no creen en la sociedad en la que viven, y es lógico. Tantos años diciendo: "Este país está muy bien para marcharse", y luego el país se pone a votar por la izquierda. La conclusión es clara: esa izquierda no puede ser la mía.
La pésima situación internacional, la entrada o no en la OTAN, el desempleo, las autonomías, el terrorismo; en fin, el bienestar entre los españoles, no van a resolverse con actitudes estéticas, que tienen más que ver con la buena conciencia que con la realidad de una nacion en crisis.
Ha tocado a la izquierda consolidar el único sistema de convivencia civil que se ha inventado: la democracia. Ocurre que una parte de esa izquierda se niega, y en su derecho está, al doloroso trance del desvirgue. El Estado, el Gobierno, son trenes lentos, llenos de carbonilla. Hay trenes de juguete más rápidos y limpios; sin embargo, se mueven tan sólo dentro de una habitación, mientras que los otros, pese a todo, acaban por llevar viajeros y mercancías hasta Venta de Baños.

Crisis
La ideología de izquierdas, cuya confusión ha sido proverbial en estos lares, se debate en su crisis más grande desde que los cañones se callaron en la primavera de 1939. De un lado están los restos de quienes creen en la vanguardia como fórmula; de otro, los que sustentan que la sociedad genera generosos y amplios movimientos y están atentos para acaudillarlos, y, en fin, quienes están en el poder ocupados en él día a día, sin tiempo de leer sino el periódico, especialmente subrayado en donde se les nombra.El capitalismo, entretanto, pasa por una crisis de garabatillo, sin que nadie parezca interesado en pensar si es posible su sustitución por otra tosa algo más agradable.
Desde la izquierda se critica al Gobierno sin demasiada convicción, como cumpliendo un trámite. Entre tanto, la derecha observa y calla, y menos mal, pues cuando habla suele dar miedo oírla.
Las leyes civiles, la enseñanza, el aborto, son recibidas en la sociedad como lo que son: avances obvios. Apenas provocan más susurros que ruidos a la derecha.
A un año vista de las elecciones sería cazurrismo, más que pesimismo histórico, el decir que "todo está peor", porque no es cierto. Simplemente hemos envejecido más de lo dispuesto por el calendario en los 365 días, y eso es siempre una mala noticia, que son las únicas, por cierto, destinadas a aparecer en los periódicos.
es presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid